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Siempre he pensado que no se trata de evitar aquello que, desde hace tiempo, nos transmite lo mismo –como ocurre con Marvel y lo que atribuimos al cansancio por repetición–, sino de explorar si existe una visión más allá de ese malestar. En The Fantastic Four: First Steps (2025), lo que se percibe es una precisión por empatizar o responder a ciertos estímulos, que, con el tiempo, he notado una relación directa entre el soporte y la materia de una película, y esta configuración señala ambigüedad: ya sea mediante la cantidad reducida de personajes, de sonido, de voz –casi hasta llegar al desvanecimiento de la imagen para alcanzar la total obscuridad– o, por el contrario, cuando la pantalla integra el mayor número de elementos. La idea está en que la película que vemos puede ser una o varias al mismo tiempo: al inicio, durante su desarrollo o incluso en sus créditos finales. Puede existir en un preciso momento, en una palabra, en un gesto como una sonrisa o una lágrima, en todo aquello que se oculta, porque el espectador también escribe de algún modo la película, porque no importa de donde provenga; lo esencial y lo que el tiempo me ha enseñado, es sólo compartir, cuando existe una búsqueda interesada a través del corazón y la honestidad.
A suerte de introducción discursiva, sucede cuando uno de los integrantes, durante una conferencia de prensa, comenta sobre su experiencia junto a su equipo: «Lo más misterioso fue el mismo espacio». Esa fidelidad a lo desconocido es precisamente lo que se mantiene a lo largo de la película. No se trata de un documental sobre el universo, ni sobre el estudio de un planeta, una constelación o la fuente primaria de sus poderes. Más bien, se centra en lo que ha sido parte de un viaje a través del miedo. Ahí radica su visión: un collage de fragmentos periodísticos, los inicios de la televisión a color, como un recurso puramente informativo, alejado de cualquier esfuerzo por detallar datos científicos o aspectos precisos de la travesía. Se da por hecho que los protagonistas ya se han adaptado a sus nuevos cuerpos y lo que importa no es cómo adquirieron sus poderes, sino cómo estos modifican, distorsionan o transforman su fuerza, sus proporciones y, sobre todo, sobre el cómo aún a pesar de estas formas asumidas y controladas de vida, es posible reflexionar sobre uno de los pilares fundamentales del cine de Marvel: ¿por qué es tan difícil saber si los superhéroes comparten su poder a través del cuerpo? Marvel, por su parte, ha preferido una parafernalia ajena de lo corporal, ajena de lo que realmente pertenece y constituye a cada personaje, pero no me refiero a que forzosamente el protagonista deba pronunciarlo, sino que simplemente se ignora a pesar de ser aquello que tanto tiempo ha causado admiración y emoción en el cine. Si pudiera abstraer mi experiencia viendo Marvel, ha sido la equivalencia de visualizar un conjunto de imágenes que siempre han intentado unificar el realismo con la fantasía o el llamado «multiverso», y el resultado ha sido tan deprimente, salvo contadas excepciones como Superman (2025), Captain Marvel (2019), y ahora esta película, que no desperdicia ni su ironía ni sus palabras.
Lo decisivo en Los 4 Fantásticos, y por sorpresa, es que su lectura que ya parece de manera obligatoria y a su propia suerte, efectúa una gran relación, aunque parezca redundante, con los poderes corpóreos de sus protagonistas y, tal vez después, de los efectos especiales, la inteligencia artificial o los múltiples tecnicismos que dominan el discurso estético. Pensemos en el trabajo previo del director, WandaVision (2021), una serie que ya no representa una novedad en cuanto a formato. Sin embargo, se asemeja a la estructura de ensayo, dispuesto al error, dispuesto a entender al concepto de brevedad y ampliarla bajo el panorama del tiempo, mismo que me permite identificar con mayor claridad tanto sus flaquezas como sus privilegios. Nada se compara a la tristeza de Scarlet Witch oculta en el rostro de Wanda Maximoff (Elizabeth Olsen), quien, mediante un hechizo complejo, transforma el condominio donde vive en su vida idealizada: un hogar con esposo e hijos, recreando la vida americana y monótona de aquellos edificios coloridos, rodeados de jardines de pasto verde donde es imposible no recordar, hasta los momentos en donde se suele desperdiciar el desayuno matutino. Pero no por ello debe despreciarse; al contrario, nos contagia de su felicidad, del alcance que hace recordar que el cine de situaciones familiares está a un paso de ser un melodrama o bien, a un conjunto de ideas que al final no obtiene clasificación. Lo relevante es que, pese a su estructura repetitiva, el director Matt Shakman le otorga ironía e idealismo al núcleo familiar tradicional, una fuerza narrativa que también complementa a Los 4 Fantásticos: el control por mantener el orden, el respiro entre palabras, y la seguridad requerida única en defensa de aquel ideal de familia. Así, no podemos pensar en una fábula del bien contra el mal, porque la configuración parece más simple: el villano Jalactus, por alguna razón tiene problemas para controlar su hambre por extinguir mundos, y exige a la pareja conformada por Reed Richards y Sue Storm (Pedro Pascal y Vanessa Kirby) que le entreguen a su hijo que apenas va a nacer, para perdonar a la humanidad. Este pequeño preámbulo podría sugerir una lectura religiosa, pero parece más bien una provocación. El meollo apenas comienza, la humanidad enfurece mientras ellos intentan idear un plan táctico para destruir a aquello que ni siquiera saben cómo nombrar. No hay juego, ellos están más cerca de la gente; hablan con ellos, piensan como ellos. Esa es la diferencia a la que me refiero, ellos no sacrificarán al bebé ni al mundo. «Entre más te observo, menos entiendo», dice Richards a su bebé mientras lo observa con preocupación. Un bebé como la salvación de su mundo, este recurso podría reforzar la estructura de la fábula, pero lo que predomina es la insistencia de la pareja por protegerlo, la consciencia colectiva de que no debe ser sacrificado, y la necesidad de idear otra solución que transita, ahora sí, por la ciencia ficción y el tacto humano.
Los 4 Fantásticos no es una película de superhéroes, más bien se asemeja a una película relativa a la familia y el cuerpo, aunque lo que confunde es la noción de autoría, porque aquí no se impone el modelo del star-system, los protagonistas tienen el control con su presencia física y emocional, ni sucede un control del arquetipo del superhéroe: se apuesta por un humanismo unificado e inteligente. Muchos pensarán que es imposible visualizar el realismo a través de la ficción, pero esto se vuelve posible desde los ojos del humanismo, y de allí florece el protagonismo: eso que por momentos confunde a esta película, es pensar que es otra distinta; aquello que se siente sin prisa, como si avanzara a un ritmo cesante, porque entonces, poco importa en este punto el tecnicismo o el diseño de producción, importa más la universalidad del amor, la posibilidad de hacer de estos cuatro personajes parte de la humanidad, sin distinción.
El cuerpo es un significado en sí mismo, pero hay que prestar la suficiente atención en aquella escena –nunca antes vista en Marvel– en la que Sue Storm, recostada en un sofá, se descubre el abdomen para mostrarle a Reed Richards a su hijo, ella utiliza su poder para convertir su cuerpo transparente, y el espectador entra de inmediato, en confianza; entra en la humanidad. Como cuando uno se hunde en un sueño, a través de imágenes que causan placer, que sabemos que todo marcha bien, que nos hace sentir en total confianza, donde no hay juego ni traición. Se reconoce que, incluso con su alcance técnico o artificial, todavía es posible observar lo oculto, en total unión de lo humano con el artificio: como tener la piel rocosa, ser invisible, entrar en combustión o estirar cada parte del cuerpo. El cuerpo que, por fin, adquiere importancia a diferencia de la línea precursora de Marvel, no comparte la idea coloquial de «la muerte del superhéroe en el cine»; más bien, eso responde a un síntoma por encontrar un fin generacional. Reducir esta película desde esos términos es no ser sensibles a su capacidad interna, o quizá, es no advertir la oportunidad de vida que representa el bebé Franklin Richards: lo que puede resbalar o tocar apenas entre sus manos, es el aplazamiento de una nueva oportunidad, o quizá un nuevo comienzo para Marvel, no lo sabemos


