Una mosca se para sobre un lienzo

El llamado coming of age en el cine, registra la transición de la niñez hacia la adultez. Sus posibilidades son cada vez más diversas, aunque abundan las películas que enmarcan momentos de crueldad humana y determinados paradigmas sociales que el público suele ovacionar bajo la etiqueta de “realistas” respecto a un país, son pocas las veces donde la niñez no es una finalidad sino una forma en que su entorno se adapta.
Al comienzo de Moscas, la más reciente película de Fernando Eimbcke, el zumbido de una mosca irrumpe durante los primeros segundos, mientras la pantalla permanece en negro, hasta que finalmente la vemos posarse sobre el hombro de Olga (Teresita Sánchez). }
A partir de ahí comienza su recorrido: se desplaza hacia una pared, luego sobre el lienzo de un cuadro y, finalmente, hasta la ventana de la sala. La secuencia produce un efecto experimental sin mayor pretensión que seguir al insecto en su deriva, como si la película también pudiera observarse desde ese pequeño cuerpo que atraviesa los espacios sin pertenecer del todo a ninguno.
El director prefiere cuestionar el género sin hacerlo explícito ni subordinar la historia a sus convenciones. Las respuestas aparecen como malestares, pequeños desconciertos que nunca necesitan ser pronunciados por sus personajes. De esta manera surge una primera pregunta: ¿cómo interactúa la niñez con la Ciudad de México?
Tenemos a Tulio (Hugo Ramírez) y a su pequeño hijo Cristian (Bastián Escobar), quienes alquilan una habitación en la casa de Olga. La madre de Cristian se encuentra enferma, combatiendo un cáncer, y ambos necesitan un lugar provisional que les permita comprar medicamentos y trasladarse con mayor facilidad al hospital.
Cuando Cristian queda solo por las visitas de su padre al hospital, sale a caminar por las calles. A veces intercambia objetos con un vendedor ambulante; en otras ocasiones, dos niños le roban el celular. A través de sus ojos conocemos una Ciudad de México tranquila y ordenada. El caos no está en sus calles, en el tráfico ni en sus habitantes, sino en la búsqueda de la cama de hospital donde se encuentra su madre enferma.
La segunda pregunta parte de algo más incierto: ¿quién es el verdadero protagonista? Podría parecer engañosa, pero pocas veces la elección de un título guarda significado. Moscas podría describir el encierro de sus personajes: la madre enferma en el hospital, Tulio y Cristian rentando un pequeño cuarto con vista a la ciudad, y Olga repitiendo cada día la misma rutina.
Pero si retomamos la idea de lo experimental, algo similar ocurre con el videojuego retro Cosmic Defenders Pro, cuyas naves flotantes, perseguidas y destruidas, encuentran un eco en las luces que aparecen durante una vista del conjunto habitacional. Esta imagen regresa de manera más emotiva durante la despedida de la madre de Cristian, cuando él ingresa a la pantalla y ambos cuerpos, convertidos en figuras pixeladas, se abrazan mientras flotan en una zona oscura.
Las películas de Eimbcke —si recordamos especialmente Temporada de patos (2004), Lake Tahoe (2008) y Olmo (2025)— suelen abstraer sus elementos hasta convertirlos en una idea, reduciendo la imaginería a aquello que parece sencillo, cotidiano y neutro. No buscan apoyarse en grandes asuntos políticos ni en la urgencia social, sino construir historias que no necesitan de otras historias porque encuentran su propio espacio en los pequeños acontecimientos que las componen.
En este aspecto, Moscas recuerda más a Temporada de patos. No sólo por el uso del blanco y negro, sino por sus personajes sensibles y un tanto misteriosos, suspendidos entre lo improbable y lo cotidiano, cuyos secretos comienzan a revelarse cuando escuchan y se adentran al juego y sátira provocado por la niñez.
La inquietud de Eimbcke siempre ha estado cerca de la infancia como aprendizaje y experiencia. Pero, a diferencia del coming of age tradicional, aquí la vida no se manifiesta por etapas, sino por instantes: momentos breves que pueden enfrentar tanto los niños como los adultos. Todos aprenden de todos sin necesidad de caer en un discurso de superación.
Su verdadero brillo está precisamente ahí: en no buscar un punto culminante, sino en dejar que cada instante encuentre su propio lugar. Eimbcke filma la Ciudad de México bajo los ojos de Cristian y convierte su tránsito por ella en una experiencia de descubrimiento. Su mundo está en constante transformación y no siempre resulta claro hacia dónde se dirige. Entre silencios, juegos, pérdidas y pequeños gestos, los adultos terminan descubriendo algo que quizá habían olvidado: que, frente a ciertas ausencias, la mejor medicina puede ser la inocencia y las lágrimas.

