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Foto: Mario Cruz
Dentro del universo que es la literatura mexicana, existen algunos autores que han sido denominados como mexicanólogos. Filósofos, ensayistas, escritores, antropólogos, todos hombres originarios o radicados en la capital del país, que se han empeñado en escudriñar al ser mexicano. Premisas y conjeturas reduccionistas hechas a partir de una visión centralizada, defeña, de un país pluricultural. Por ejemplo, el sentimiento de orfandad que ensaya Octavio Paz en contraste con los procesos identitarios de los pueblos originarios.
La identidad es una singularidad irreductible, en todo caso es referencial, respondemos a la pregunta sobre quienes somos según quién, dónde y cómo lo pregunte. No podemos representar con palabras dichas o escritas, o con imágenes lo que es el ser oaxaqueño. Hace una década el tiliche de Putla no era de uso generalizado. De hecho, su origen a partir de retazos de tela usados, andrajosos, viejos, no corresponde con el colorido y pulcro símbolo de las actuales calendas vallistas, y sin embargo no se puede representar hoy en día a Oaxaca sin incluir a este personaje.
La máxima incuestionable de que “no puede haber dos oaxacas”, dicha por el gobernador en turno, no es una frase que se deba pasar por alto. No es resultado de un profundo análisis antropológico, es un discurso de poder sumamente violento, dicho desde una posición de privilegio. Existen más de once mil comunidades en todo el estado, por supuesto que hay muchas más oaxacas, además de la que ahora está de fiesta. Reducir lo que somos al discurso que se dice en Palacio de Gobierno es un genocidio cultural, cuando no una amenaza expresa de que lo que somos está determinado por el poder del Estado.
Alrededor de la Guelaguetza sucede algo similar. En estas fechas todos hacen fila para develar su significado profundo, o para señalar la crítica más certera. ¿Qué es la guelaguetza? Sobre esa que se festeja los lunes del cerro, no sé responder, no soy danzante aunque me hubiera gustado serlo, no gastaría en un boleto ni me formaría horas para tener un acceso en los últimos palcos, tampoco soy un político con asiento reservado, hace más de una década que no asisto, aunque en mi infancia asistía todos los años. He escuchado sobre pueblos a quienes les rogaron por muchos años participar, y se negaron por no reducir su cultura a un espectáculo. También he escuchado sobre pueblos que sueñan con pisar la rotonda de las azucenas y en su momento recibieron con fiesta e ilusión al extinto comité de autenticidad con tal de tener una mínima oportunidad. En este escrito me propongo ahondar más en todo lo que sucede alrededor de este tema.
Visiones coloniales: la máxima fiesta o la ternura de los pueblos
Las visiones de la Guelaguetza que circulan en los medios principales también surgen desde perspectivas capitalinas. Por un lado, el Estado como forma social encarnada en cuerpos e instituciones hace lo propio. Bajo un certamen de folclore como la elección de la diosa Centéotl se perpetua la memoria del viejo comité de autenticidad y las prácticas de compadrazgo priísta. Se construye una imagen del modelo a seguir de la mujer indígena oaxaqueña, a modo del indio permitido, para después convertirse en ornamento del gobernador y políticos allegados, bajo la promesa de una carrera en la política del Estado.
Durante años hemos presenciado cómo las instituciones cooptan la voz de las comunidades a través de sus “representantes”. No podemos juzgar casos individuales, pero no podemos tampoco dejar de señalar esa estrategia colonial. No podemos normalizar que los discursos de resistencia se conviertan en agradecimientos para con el representante del poder que históricamente ha reprimido nuestra lucha. La guelaguetza del fortín y todo lo que la rodea no debe meterse en nuestros cuerpos, moldear nuestras aspiraciones ni convertirse en nuestros sueños más anhelados.
La guelaguetza tampoco es esa visión romántica que pregonan otras organizaciones que hacen frente a la fiesta del Estado. En las comunidades no vivimos de las manos y del apoyo mutuo todos los días. Somos personas, las personas tienen sus diferencias y sus coincidencias. La vida cotidiana de un pueblo son varios meses de trabajo duro para disfrutar una semana de fiesta. Si todo fuera tan maravilloso como pregonan en la capital la gente de los pueblos no estaríamos migrando, ni abandonando costumbres injustas, ni implementando tecnología en el trabajo agrícola para no llegar con cuerpos tan desgastados a la vejez como nos tocó ver a nuestras abuelas o a nuestros padres. Y es curioso cómo estos cambios parecen pecados a los ojos de las visiones puristas de la gente de la ciudad.
Cuando se presenta alguna comunidad nueva en la Guelaguetza todavía se juzgan bajo el argumento de lo tradicional, como si la cultura estuviera congelada en el tiempo, inamovible, muerta. En ese mismo sentido me parece preocupante cómo se viralizan videos de burla hacia los municipios y agencias aledañas como San Martín Mexicapan o Santa Cruz Xoxocotlán, preocupante como discriminan a la delegación migrante, preocupante como reproducimos las estructuras de poder en los palcos del auditorio, donde los poderosos siempre están cerca del escenario, pero contra ellos no es la crítica. La guelaguetza del fortín se ha convertido en el máximo instrumento para legitimar al Estado, a sus distinciones raciales y de clase, a la consolidación de la diversidad cultural como espectáculo.
Dos visiones más de la guelaguetza
Pero no quiero reducir lo que es o no es la guelaguetza a lo que sucede en el fortín. Aquí en San Jacinto Chilateca, desde donde escribo, la guelaguetza comienza cuando una familia visita a otra familia en su casa. Sentados en la sombra del corredor, sentados de modo que todos puedan verse las caras, comparten una bebida. Entre risas, suspiros y silencios, se actualizan sobre las novedades de los pueblos, sobre la siembra, y el destino de las familias. Llegado el momento de la invitación formal el ambiente cambia, las voces se vuelven solemnes y se habla con cariño del compromiso que viene, aquí la guelaguetza es opcional, puede quedar en el aire o puede manifestarse como una petición expresa de apoyo: tantos cartones de cerveza, tantos pollos o guajolotes, tanto mezcal, antes se pedían tantos almús de tortilla o kilos de cacao. El ritual termina con el saludo de manos y la despedida formal.
La guelaguetza se entrega una noche antes del compromiso, si la fiesta es domingo el apoyo se entrega el sábado en la tarde noche. Las puertas del zaguán abiertas, la gente en movimiento, los niños jugando y los perros merodeando son los signos de la fiesta. El anfitrión y el escriba de la casa estaban pendientes de todas las personas que llegaban. Todavía recuerdo y extraño llevar la carretilla acompañando a mi abuela en medio de la noche. A veces el chagol servía de escriba y anotaba todo lo que llevabas. Mucha guelaguetza es pago de otra que ya recibiste, pero también podías “echar una nueva”, un apoyo extra que se te pagará en tu próximo compromiso. Luego te pasaban a la mesa para ofrecerte un chocolate y un pan de yema, y al finalizar te reiteraban la invitación al otro día. Debo decirlo, ese chocolate tiene un sabor diferente.
Me cuenta mi madre que mis abuelos llevaban guelaguetza de voluntad, sin ser invitados a las fiestas. Decía mi abuelo a mi abuela que agarrara ese guajolote para llevarlo, y mi abuela aceptaba. Iban juntos a dejar el apoyo, y aunque recibían la invitación era más bien un gesto, una formalidad, su presencia era opcional, pero me parece un gesto de buena fe para mantener los lazos con el pueblo. Actualmente hay personas dentro de mi comunidad que ven de manera despectiva el solicitar este apoyo, se han creído el discurso individualista de que una fiesta se hace con recursos propios, y quien no puede pagarla no debe celebrar, pues es una vergüenza hacer una fiesta con pura guelaguetza.
Caminando por los campos de mi pueblo escucho los anuncios de los pueblos aledaños. Me parece sorprendente: hasta aquí llega la guelaguetza. Se organizan tequios, principalmente de limpieza de los espacios públicos. Se realiza una sola función en la tarde, ya sea del lunes del cerro o de la octava. La organizan las autoridades electas en asamblea, no se cobra a locales. De pronto un promocional del gobierno también se alterna con el anuncio a viva voz en el tocadisco, a veces Oaxaca es esa mezcla. Hay guelaguetza en San Antonino Castillo Velasco, en Santa María Tocuela, en San Juan Chilateca, en Santo Tomás Jalieza, en San Martín Tilcajete. Cada una es diferente, hay muchas guelaguetzas, hay muchos oaxacas.

