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Casi con la misma cadencia sentimental y, por ende, humana, la más reciente película de Superman (James Gunn- 2025) se asemeja a Captain Marvel (Anna Boden, Ryan Fleck -2019) y Madame Web (S. J. Clarkson- 2024) al poseer cierta exclusividad que la aleja de la etiqueta Marvel o DC, no por un “realismo” de la cultura del héroe en el cine ni por el correcto y cómodo uso de los efectos especiales computarizados que el público exige de manera creciente, y del cual es imposible ajustar parámetros. Esta exclusividad se presenta a través de dos consideraciones: la primera por la cercanía protectora que Superman (David Corenswet) establece con su entorno: su romance con Lois Lane (Rachel Brosnahan), la familia kent, su perro Krypto y, en general, con la humanidad misma.
Esta cercanía no se expresa desde la funcionalidad heroica convencional, sino desde una introspección que cuestiona su propia condición humana. El héroe deja de ser símbolo para convertirse en interrogante. El discurso ya no emana de la imagen, sino de la duda que ella plantea.
La segunda inquietud gira en torno al manejo del tiempo en compañía de la intervención de la inteligencia artificial o el CGI (Computer Generated Imagery), y no conviene pensar que este aspecto sea el determinante de la película, ya que dicha inteligencia artificial en el cine se presenta como una ilusión similar a la de los videojuegos, donde los gráficos se valoran por un “avance” tecnológico en relación con el realismo de su imagen.
En este contexto, cabe preguntarse: ¿cómo se siente lo que se ve? En relación con lo que André Bazin mencionó, el realismo debe ser sentido más que pensado, en la manera de creer en lo que se observa a través de la pantalla y no exclusivamente en lo que sucede fuera de ella. ¿Por qué no considerar el funcionamiento de las acciones y el tiempo transcurrido en Miracle Mile (Steve De Jarnatt, 1988) o en gran parte de la filmografía de M. Night Shyamalan, especialmente en su última película, Trap (2024)?
En estas situaciones, es importante ver para creer antes de pensar en una funcionalidad contraria. Superman evita competir con sus versiones previas, no por falta de ambición, sino porque entiende que el verdadero conflicto no reside en demostrar superioridad física. Todo lo que el espectador conserva con recelo del cine hollywoodense—la moral, la necesidad de solución, el control de la narrativa—se somete aquí a revisión. La película sugiere que la fuerza no basta; la inteligencia también cumple un rol esencial. Así lo expresa Lex Luthor (Nicholas Hoult) al decirle a Superman: “Mi cerebro siempre ganará. La mente supera a la fuerza”. Esta frase retiene una transformación: el héroe deja de ser pura fisicalidad para volverse introspección.
Al combinar dicho pensamiento baziniano con el tratamiento del tiempo, surge una inquietud intrigante: ver a Superman enfrentarse a su propio clon. Este combate, al no haber diferencia real entre ambos, se convierte en un juego eterno que desafía la noción de victoria. La lucha, entonces, no se reduce a una simple dicotomía entre el bien y el mal, sino que revela una visión más neutral e introspectiva.
Aún manteniendo elementos clásicos como el humor, la acción, y secuencias musicales, la película propone una mirada más compleja y sutil. Superman conserva su esencia, pero también proyecta una mirada incierta, que por momentos brilla. Incluso la pareja de Lex Luthor, mediante una serie de selfies disfrazadas de evidencia sugiere una crítica a los modelos sociales actuales, en los que confluyen los medios de comunicación, las redes sociales y las tensiones raciales y políticas. Si bien incorporar temáticas sociales al cine puede parecer una respuesta urgente, la convicción aquí se percibe incluso en los momentos cómicos, donde a veces hasta en lo absurdo puede encontrarse comprensión.
Como las lágrimas de Lex Luthor en un momento de quiebre con su perfil sociópata e incomprendido —una escena que, por alguna razón, el director desarrolla a través de una conversación profunda y reveladora sobre el odio genuino hacia Superman—, esta versión del superhéroe también explora momentos de vulnerabilidad y conexión humana.
El director abre un espacio donde la humanidad se expresa mediante el diálogo, permitiendo que las emociones surjan desde una rabia auténtica y un cuestionamiento natural de preguntarse a sí mismo: ¿Qué significa ser humano?
Superman se manifiesta tanto a través del cuerpo como de la memoria y la intimidad. En una escena, una cama giratoria lo muestra reviviendo su infancia con una alegría desbordante. Este recurso narrativo sustituye el flashback mediante una tecnología avanzada que proyecta sus recuerdos en múltiples pantallas, provocando una ruptura abrupta en la estructura temporal. Este salto en el tiempo, vinculado a una nostalgia compartida con la inteligencia artificial, sugiere la presencia de un director con una visión personal, alejada de quienes insisten en preservar el culto al héroe.
¿No son acaso la protección, la confianza y la banalidad de la vida misma las sensaciones que experimentan los personajes a través de Superman, cuya figura heroica es escasa y cuyas palabras son tan misteriosas como el tiempo mismo?

