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Por Ángel Morales
La lista de libros oaxaqueños del 2025 se vio reducida en comparación con otros años. Es difícil saber las razones por las que aumenta o disminuye la producción de libros, pero esta vez hay pocos escritores que publican por primera vez, la mayoría de autores ya tiene obra y continúan aumentando su producción. En la lista de este año seguro habrá ausentes, en la del 2024 se me pasaron por lo menos tres títulos que salieron en la recta final: Invitación a Ixcotel, La vida en una cárcel mexicana, de Los muchachos y Ángeles Clemente; la traducción al inglés del poemario de Víctor Terán, The Thorn of Your Name, Guichi lalu’, y la novela Costa, de Islas Brito.
Los escritores en lenguas originarias siguen constantes en la difusión de su obra y su lengua, sobre todo los del Istmo. La editorial El pueblo que lee presentó dos títulos: Bizabi, de Victor Fuentes, y Batee diidza’, de Nelson Guerra. Además, fueron traducidos al inglés: Bacuzagui, Luciérnagas, Fireflies, de Victor Terán y, de la poeta Irma Pineda, Stolen Flower, guie’ ni zinebe, La flor que se llevó. Esteban Ríos Cruz publicó Xaniaa Gueela’, Al pie de la noche en editorial Pharus. Keving Hernán y su libro infantil La tortuga y el pescador, Bi tuuki y bi makpák pøn, escrito en zoque.

Las editoriales oaxaqueñas se mantuvieron trabajando y FR editores aumentó considerablemente su catálogo con Un sonido sin igual, (poemas didácticos) de Abril Sánchez Aragón; Duendes y Nahuales, de Noé Ortiz; Mar de fondo y otras contingencias, de Fernando Amaya; Ciudad y Zozobra, de Víctor Armando Cruz, y Santuario del Sueño, de Manuel Matus. Por su parte, Almácigo Ediciones publicó Hambre de Lumbre, de Liana Pacheco; Las pájaras, de Nallely Guadalupe Tello, y Artistas de Oaxaca. Evocación de ausencia, vindicación de presencias, de Jorge Pech.
En general, no siempre, la literatura que se produce en las editoriales independientes aborda temas diferentes a la literatura de Occidente, abarca territorios y espacios geográficos generalmente ignorados; cuestiona el mercado y la idea de la literatura piramidal; y las lenguas originarios, la experimentación y el libro artístico han sabido aprovechar mejor el formato y las ediciones pequeñas. Pero si bien la producción de las editoriales oaxaqueñas sigue en aumento, y hay más autores en su catálogo, aún se enfrentan al problema de la distribución y almacenamiento una vez que ha terminado la difusión del libro.
Irónicamente, lo que vende menos, la poesía, sigue siendo el género más publicado y entre los poemarios de este año se encuentran, Knock out: poemario sáfico de Zaria Abre Flores; Poesía elemental, de Clarisa Camargo; Narcopoemas, de Carlos Zavala; editorial Pharus publicó Envuelto en tu amor, de Ángel Antonio Vicente Alonzo; César Dite y su poemario Manifestaciones de Silencio; Alba Magariño con Las células de la promesa de BMC ediciones; Iván Cruz Osorio con Bitácoras del expatriamiento, poesía reunida (2005-2019), en nuevayorkpoetrypress.
Este año los eventos culturales se organizaron de forma distinta. Es importante que se vaya descentralizando y en Ixhuatán realizaron su séptimo encuentro literario: el Otoño de la Palabra; en Puerto Escondido también le dieron espacio a la literatura en sus eventos. Con la feria del libro en Oaxaca ya quedó claro que no se puede seguir emulando el modelo de la feria de Guadalajara: aleja a los libros de la gente y excluye a los escritores y editores oaxaqueños. La nueva feria organizada por escritores, libreros y editores, aún con sus fallas, recibió críticas positivas de libreros y editores. Sin embargo, tiene mucho que mejorar y en teoría deberá irse acoplando y modificando para satisfacer a los oaxaqueños. No debería ser difícil con la actitud y la disposición de libreros y escritores para organizar la feria. Antes eran los pintores los que se involucraban y protestaban por temas culturales. Ahora ninguno parece inmutarse por lo que pasa en el estado o en las bienales de pintura y son los escritores los que parecen tomar el relevo.
Otras publicaciones fueron Grimorio para salir de la cama, antimanual para los que aún miran el atardecer, de Javier Mitra; Murmullos del viento, de Ninfa Pacheco; Molienda milenaria, de Ainda Dobarro; La abuela amada, de Nathanael Lorenzo; El evangelio según Lilith y otros textos, de Abelardo Salvador Sánchez Ramírez; en la editorial el Cuajilote, apareció La cruz que florece, de Yolanda Peach; Historias y leyendas de Oaxaca de Jorge Bueno, y De la sed y la luz, de Víctor Martínez Guzmán.

Las editoriales y la feria del libro deben cuidarse no caer en el mismo saco, es decir, quedarse en lo local. Es necesario que la literatura de Oaxaca, sus autores y editores, inviten y convivan con escritores de otros lados. No para imitar o adular, sino para dialogar y compartir. Y de paso aprendemos a medirnos el pulso, hay varios autores con el complejo de Rimbaud que aún escriben con “G” la palabra cajón.
En pintura, apareció AM. Una revista de taller de Amador Montes; Juan Carlos Cruz Rojas realizó una biografía de Macedonio Alcalá, en 1450 ediciones; Elisa Ramírez Castañeda publicó Ru, Ru, Ru, Camaleón; Sabina Orozco y su novela Malas decisiones, que apareció en Tusquets, y Tryno Maldonado que concluyó su trilogía Los demonios. Además, la UABJO publicó seis investigaciones interesantes en la colección Edén subvertido. Es extraño que habiendo tanta producción se discuta y se hable tan poco de la literatura oaxaqueña. Hace falta usar los foros para el debate y la reflexión, crear otros y seguir insistiendo en llevar los libros a los lectores oaxaqueños. Sea o no una tarea interminable.




