Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Yuhniz, un espacio autónomo que sobrevive en el Barrio de los Siete Príncipes

Por Isabel Ortega

En el centro histórico de la ciudad de Oaxaca se encuentra Yuhniz* Espacio Alternativo, un proyecto familiar que promueve alternativas alrededor de la salud, la agroecología y la alimentación consciente desde hace poco más de 20 años. En este espacio se ofrecen terapias alternativas como masajes, acupuntura, reflexología y consulta de partería, además de productos de medicina herbolaria, insumos de agricultura orgánica y otros productos artesanales elaborados por pequeños productores y proyectos autogestivos. “De todo lo que hay aquí, lo poquito que hay, conocemos al productor, su historia, cómo lo hizo. El espacio es para personas autónomas. La idea es que sea un espacio de nosotras, de nosotros, no de las trasnacionales”, comenta Beatriz Galicia, Bety, como se le conoce entre las redes de productores autónomos.

Yuhniz abrió sus puertas en enero de 2005, congregando a un grupo de jóvenes que producían gráfica y otros productos de forma autogestiva. Desde entonces, empezó a construirse como un lugar de encuentro entre personas del movimiento social urbano en Oaxaca.

Este espacio se encuentra en el llamado Barrio de los Siete Príncipes en el sureste del centro histórico de la ciudad de Oaxaca. Como muchos de los barrios de la ciudad, debe su nombre al exconvento de Nuestra Señora de los Ángeles y los Siete Príncipes, construido a mediados del siglo XVIII con la finalidad de alojar uno de los primeros conventos para religiosas indígenas de la región. Este inmueble, ahora catalogado como uno de los edificios históricos de la ciudad, fue restaurado en la década de 1960. Actualmente alberga tanto la antigua parroquia como dos edificios del gobierno del Estado de Oaxaca, una oficialía del Registro Civil y la Casa de la Cultura Oaxaqueña.

Originalmente el territorio donde fue erigido este barrio fue dedicado a la agricultura, siendo en la época colonial y durante el siglo XIX, un lugar periférico de la ciudad. En el siglo XX, mientras crecía alrededor del convento, fue convirtiéndose en un barrio principalmente residencial, con pocos comercios, talleres de oficios, y algunas escuelas.

Así fue como Bety y su familia lo encontraron cuando llegaron a habitarlo y a establecer su negocio. Lo recuerdan como un barrio popular, donde había muchas vecindades y donde existía una fuerte comunidad religiosa, liderada por un padre que pertenecía a la corriente de la Teología de la Liberación.

Es por esta razón que las compañeras y compañeros de Yuhniz recuerdan que Los Siete Príncipes fue un barrio muy participativo en la revuelta popular de 2006.  “Se hacían reuniones en la iglesia, la gente en las noches llevaba ollas de café, o comida al plantón. Como en todos lados, había división, pero aún así subsistía la lucha de la gente del pueblo, en ese tiempo había muchas vecindades pequeñas y entonces la gente salía a defender”, comenta. También recuerda que la iglesia fue uno de los lugares donde se recibían personas heridas en los enfrentamientos y se les brindaban cuidados inmediatos. La atención médica que se brindaba en este lugar era sostenida en gran medida por los aportes de otros grupos de Comunidades Eclesiales de Base, provenientes de distintos municipios de la región de los Valles Centrales de Oaxaca.

Como espacio autónomo y de lucha, Yuhniz también fue un punto de refugio y descanso para las personas que participaron en este proceso. “Mucha gente tenía llaves del lugar, de repente llegábamos y había gente dormida, o veíamos mochilas que habían dejado aquí, cobijas, de que llegaban en la noche, sobre todo la gente que venía de lejos. Nosotros decíamos que para eso es el espacio, para que la gente lo haga suyo. Luego escuchábamos las sirenas, ambulancias y ya cerrábamos, íbamos a llevar agua o a ver cómo estaban los chavos. Así pasamos el 2006, con bastante trabajo”, recuerda Bety.

Yuhniz Espacio Alternativo. Foto: Santiago Navarro F.

En los ya 20 años que llevan sosteniendo su tienda, las que forman parte de Yuhniz han visto cambiar el Barrio de los Siete Príncipes de muchas maneras. Sin embargo, en los últimos cinco años han visto los cambios más significativos. Fueron testigos de la desaparición de vecindades, cambios en la población que habita el barrio, así como el encarecimiento de las rentas y el costo de la vida en general.

Según cuentan, algunas vecindades desaparecieron porque los edificios eran muy viejos, otras porque las propiedades están intestadas o en conflicto legal, pero, según las mujeres de Yunhiz, la mayoría de estos inmuebles han sido remodelados e incorporados al sistema de renta a corto plazo, principalmente en la plataforma Airbnb. “Había una casa hermosísima aquí cerca, todos los muros eran de adobe por dentro. Adentro había viviendas, un taller de bicicletas y al frente había un salón que rentaban para dar clases o terapias. De repente nos dijeron que ya no se iba a poder usar, y cuando vimos, empezaron a destruir todo, y ahora están haciendo departamentitos. Corrieron al de las bicicletas, a todo mundo sacaron, y tiraron la casa. Y así hay otras casas”, relatan.

La percepción de las compañeras de Yuhniz sobre los cambios en el barrio coinciden con el aumento del valor del uso de suelo en esta parte del centro histórico de la ciudad, donde, de acuerdo a la Ley de Ingresos del Municipio de Oaxaca de Juárez, este casi ha duplicado su valor en los últimos diez años. De acuerdo a esta legislación, en 2015 la base gravable correspondiente a la calle de Colón, una de las principales vías del barrio, correspondía a 3,000 pesos por metro cuadrado, mientras que en la actualidad asciende a 40 UMAS (Unidad de Medida y Actualización 2025), lo que equivale a 5,400 pesos por metro cuadrado.

Pinta en el barrio de los Siete Príncipes. FOTO: ISABEL ORTEGA

Pinta en el barrio de los Siete Príncipes. FOTO: ISABEL ORTEGA

En los últimos años, las compañeras también han visto desaparecer negocios locales, así como la llegada de otro tipo de negocio, para el turismo. “Aquí abajo pusieron una ‘cocina de humo’, a puerta cerrada, donde solo entras con reservación, una chocolatería, cafés de baristas y cositas así. Quitaron las tienditas y ahora hay varias mezcalerías”, cuentan. Pero el cambio más significativo y grave que han visto ha sido en el corazón del barrio: la Casa de la Cultura Oaxaqueña (CCO).

La Casa de la Cultura Oaxaqueña: entre crisis, remodelaciones y restricciones

Fundada en 1971, en el ex convento de los Siete Príncipes, la Casa de la Cultura Oaxaqueña es una de las instituciones públicas culturales más importantes del Estado, y la única instancia pública de la ciudad donde se imparten, de forma permanente, talleres de música y artes gráficas y escénicas, tanto para infancias como población adulta. Sobre esta institución, y los cambios que ha tenido en los últimos años, conversamos con Laura Silva, bailarina y maestra de danza clásica y contemporánea que impartió clases en la CCO por alrededor de diez años.

La maestra Laura y Bety coinciden en que la Casa de la Cultura ha sido un lugar socialmente muy importante para esta parte de la ciudad, donde las personas pueden aprender de forma accesible distintas expresiones artísticas y desarrollar sus capacidades, por lo que la maestra Laura afirma que la “Casa de Cultura ha sido un parteaguas para que la comunidad tenga un espacio de entretenimiento, una forma de encontrarse con el arte”.

Parte del  exconvento de Nuestra Señora de los Ángeles y los Siete Príncipes que  alberga la Casa de la Cultura Oaxaqueña. FOTO: ISABEL ORTEGA

Para tener idea de su importancia, solamente en 2018, la CCO impartió talleres a una población de poco más de 9,000 personas, principalmente infancias de 6 a 16 años, de acuerdo a la Cuenta Pública del Estado de Oaxaca del Ejercicio Fiscal 2018. De igual manera, la sede central ofrecía un programa de iniciación artística para infancias de preescolar y primaria, el Taller Infantil Multidisciplinario, que atendía a cerca de un centenar de estudiantes de las escuelas primarias Vicente Guerrero y Francisco J. Mújica, dos escuelas del barrio.

Laura Silva recuerda también que en el Centro Cultural existían talleres semestrales con una población considerable de alumnos con capacidades diferentes. “Como maestras nunca nos negamos a dar atención a niñas y niños con condiciones diferentes, era todo un reto, pero también un aprendizaje para nosotras saber compartir”, afirma la maestra.

En cuanto a las instalaciones del ex convento, como muchos de los habitantes de la ciudad recordamos, era un espacio abierto permanentemente al público, donde los padres de familia podían pasar a esperar a las infancias, y se podía acceder a escuchar la música, o a utilizar los espacios como la biblioteca y la ludoteca.

En agosto de 2019, la CCO entró en crisis cuando los trabajadores, principalmente maestros y trabajadores del área técnica, decidieron tomar el edificio para exigir un replanteamiento de sus condiciones laborales, ya que, por ser trabajadores por contrato, prácticamente todos carecían de derechos laborales fundamentales.

La toma del edificio, que se extendió hasta noviembre de 2019, también se originó porque existía en la institución un clima de incertidumbre sobre el futuro. De acuerdo a la maestra Laura Silva, había rumores de que los maestros iban a ser despedidos, así como que el edificio iba a ser dado en comodato a la Fundación Alfredo Harp Helú (FAHHO), como muchos otros en el centro histórico de Oaxaca.

Este rumor nunca se concretó, pero avivó la inconformidad de los trabajadores de esta institución, iniciada en 2017, cuando el Archivo General del Estado, con quien la CCO compartía el ex convento de los Siete Príncipes, fue trasladado a sus nuevas instalaciones en la Ciudad de las Canteras, espacio recientemente remodelado, y bajo la gestión de la FAHHO.

Lona de protesta de los trabajadores de la CCO, diciembre 2025 | FOTO: ISABEL ORTEGA

El movimiento encabezado por las maestras y los maestros – o talleristas, como son llamados por las autoridades de la CCO – tuvo el apoyo generalizado de la población del barrio de los Siete Príncipes. La maestra Laura recuerda que muchas veces los jefes de manzana, y vecinos en general, les llevaron comida y muestras de apoyo. Esto se debió a que una gran parte del alumnado de la institución lo conforman personas del barrio, quienes, por al menos dos generaciones, habían sido parte de la comunidad del recinto. “Mucha gente recordaba que tomó talleres, que fue a conocer la danza, que se animó a tomar un taller mientras sus hijos llevaban a cabo otra actividad. Casa de la Cultura cambió sus rutinas y sus vidas”, afirma Laura Silva.

La toma del ex convento no resolvió las demandas de los trabajadores de la Casa de la Cultura, quienes en la actualidad siguen laborando bajo el régimen de contrato, sin prestaciones que indica la ley. En los meses siguientes, los maestros de esta institución se enfrentaron a otros retos laborales asociados a una nueva crisis: la pandemia por Covid-19.

La pandemia coincidió con otro proceso de cambio en el ex convento de los Siete Príncipes, la restauración de la cúpula de la iglesia y una parte del edifico que aloja la Casa de la Cultura que habían sido dañados por los terremotos de septiembre de 2017, así como la remodelación del parque aledaño a este.

A partir de la remodelación y la reapertura, en el contexto de la pandemia, la CCO empezó a regirse bajo un nuevo reglamento del uso del espacio que, entre otras normas, establece el acceso abierto únicamente a personal y usuarios del espacio, a través del uso de credenciales emitidas por la institución. El acceso al público en general está restringido solamente a visitas guiadas en un horario específico, con previo registro. Los usuarios y padres de familia solo pueden permanecer en el edificio el tiempo que dure la actividad que realicen.

En este contexto de cambios en la normatividad interna, la maestra Laura decidió presentar su renuncia. “Yo salgo de la Casa de Cultura en 2023. No me gustó el trato que se estaba dando con los alumnos. Antes sentíamos realmente un hogar en Casa de la Cultura porque podías entrar con la confianza, no se te cuestionaba a dónde ibas, a qué, por cuánto tiempo. Por la pandemia era entendible, pero ya pasando ese periodo continuaron esas reglas”, relata la maestra.

Para Laura Silva también fue lamentable observar que, a raíz de la pandemia, se redujeron los grupos en los talleres, supuestamente para regresar de forma escalada. Pero en la realidad, los grupos se han mantenido reducidos.

Después de la pandemia, CCO no recuperó su población. En 2024, según la Cuenta Pública del Estado de Oaxaca de Ejercicio Fiscal 2024, atendió a 3,300 personas en la sede central, una reducción de 200% en relación al año 2018. También se redujeron considerablemente los festivales y actividades abiertas al público. Por otra parte, se cancelaron los talleres en domingo y el “Taller infantil multidisciplinario”, algo que también redujo el acceso de personas de otras comunidades a los talleres que se imparten en la institución.

Entre otros cambios importantes que han contribuido a desarticular la CCO como espacio de vida barrial y comunitaria se encuentran la reducción de periodos de talleres, cambios en la planta de profesores y la desaparición de la ludoteca. También terminó la relación con las escuelas cercanas.

Además, los cambios de reglas en el uso del espacio han dificultado la reincorporación de la población con capacidades diferentes e infancias con condiciones que requieren cuidados específicos, ya que no permiten la presencia de los padres durante los talleres, explica la maestra.

Por todo eso es que la maestra Laura afirma que “para las autoridades, la Casa de la Cultura es poco más que un edificio bonito, no consideran todo el trabajo que hay detrás, de las maestras y los maestros, pero también de los padres de familia”.

Limpieza social y estigmatización

El parque que rodea el ex convento de los Siete Príncipes también ha sido un espacio de disputa en los últimos años, ya que, después de la remodelación de 2019, se prohibió el acceso a comerciantes ambulantes, incluso a aquellos pequeños puestos de vecinos cercanos que habían ocupado la plaza por muchos años, algo que también mermó el tejido barrial alrededor de la Casa de la Cultura.

En octubre de 2020, durante la pandemia, el Tianguis Autogestivo, Feminista y Disidente comenzó a ocupar una parte del parque una vez por semana. Hasta que el 7 de noviembre de ese año, sus integrantes fueron desalojadas de forma violenta por inspectores y agentes de la policía estatal.

“Llevábamos ya casi un mes haciendo la Tianguis, que para muchas de nosotras era la única oportunidad que teníamos para vender nuestras cosas y ganar algo de dinero en el encierro de la pandemia. Ese día [el 7 de noviembre] después de medio día, llegó un grupo de inspectores del municipio, con policías municipales y patrullas de estatales y de forma violenta empezaron a intentar llevarse los puestos, mientras lanzaban insultos homofóbicos y transfóbicos. Tiraron gas pimienta y empezaron a golpear a la banda, que defendía sus cosas, a algunxs compañerx lxs patearon en el piso, a uno más le abrieron la cabeza, incluso se intentaron llevar algunas bicis”, recuerda Violeta, una de las vendedoras desalojadas.

El desalojo fue documentado y denunciado por organizaciones de derechos humanos en Oaxaca y desató un conflicto mediático entre lxs integrantxs de la tianguis y vecinos del Barrio de los Siete Príncipes.

IZQ. Cartel de convocatoria para el Tianguis Autogestivo, Feminista y Disidente del 7 de noviembre de 2020. DER. : Colocación de mantas en el parque de los Siete príncipes. Fuente: Facebook 7 principes, barrio de Oaxaca.

El comité vecinal en funciones en aquel momento emitió una serie de comunicados y declaraciones públicas en medios locales y redes sociales en los que se afirmaba que las jóvenes que integraban la Tianguis Autogestiva utilizaban las instalaciones del parque del ex convento para consumir bebidas alcohólicas y drogas, y manifestaron repetidamente su rechazo a la instalación de todo tipo de comercios informales en dicha plaza, aludiendo constantemente a que una parte del parque había sido remodelado recientemente.

Las integrantes de Yuhniz, como personas cercanas al movimiento social y de los proyectos autogestivos, recibieron en su espacio a personas del tianguis que se refugiaron del violento desalojo. Ellas acabaron sufrieron las consecuencias de la estigmatización que vivieron las integrantes de las colectivas que integraban la tianguis. “Cuando fue el desalojo algunas vinieron corriendo y aquí nos metimos, unas arriba, unas abajo. Y ya después dijeron que yo vendía marihuana, que yo no sé qué tanto. Como un mes estuvieron diciendo en el chat que hay que sacar a ‘esa señora’, pero no pasó a más”, recuerda Bety.

Cercamiento

La represión que enfrentó la Tianguis Disidente, la estigmatización que vivieron las mujeres de Yuhniz y las trabas para el uso popular de los espacios patrimonializados, como la Casa de la Cultura, hacen parte de un proceso más amplio de cercamiento de los espacios en el centro histórico de Oaxaca, especialmente de los espacios autogestivos y de lucha. Estos lugares de solidaridad, refugio y encuentro para personas y colectivos se encuentran en extinción en la región central de la ciudad.

Como en otras plazas, inmuebles patrimonializados y barrios del centro histórico de Oaxaca, los cambios en el Barrio de los Siete Príncipes hacen visibles que las remodelaciones muchas veces implican un reordenamiento del espacio urbano, modifican el acceso a los espacios públicos y siguen lógicas relacionadas con el turismo y la patrimonialización, dejando de lado la vivienda y los espacios de reproducción de la vida como pequeños comercios, oficios y negocios familiares.

Beatriz Galicia, compañera de Yuhniz Espacio Alternativo | FOTO: SANTIAGO NAVARRO F.

Yuhniz, Bety y su familia resisten cotidianamente a estos cambios en el barrio y a la presión sobre su espacio, tratando de mantenerlo y conservar los principios políticos que los congregan. Sin embargo, no se aferran a evitar el cambio. Son conscientes de que pueden ser desplazados en cualquier momento y confían en que pueden seguir haciendo lo que hacen en otros lugares, con la experiencia que han acumulado sobre salud, nutrición y ecotecnias.

Mientras la renta y la presión inmobiliaria en el barrio lo permitan, seguirán resistiendo. “Nosotras quisiéramos seguir aquí porque lo vemos como una segunda casa, es un punto de encuentro, no solo para la familia, sino también para nuestras y nuestros compas. Entonces decimos, vamos a aguantar hasta donde se pueda”, afirman.

*Yuhniz es una palabra zapoteca que significa agua y tierra juntos, o nacimiento de agua.

Leave a comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.