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Habitar el centro histórico de Oaxaca: entre memorias y violencias

Por Renata Bessi

Era un domingo por la mañana en una casa de la Avenida José María Morelos, barrio de las Nieves, en el corazón del centro histórico de la ciudad de Oaxaca, la zona más antigua de la ciudad. Por invitación de su dueña, la oaxaqueña María del Pilar Monterrubio Viloria, fuimos a desayunar con ella. Subimos a una pequeña terraza de la casa. Mientras platicábamos, en el predio vecino se asomó un hombre que, por su español poco fluido, hacia pensar que era un extranjero. El inmueble desde donde nos miraba, ahora transformado en un hostel, es catalogado como patrimonio mundial de la humanidad por la Unesco. Hablando en inglés se dirigió a Pilar con insultos y, sin ningún pudor, delante de nosotras, le hizo gestos fálicos. Es uno de los administradores del hostel, adviertió Pilar, aturdida.

Lo que este reportaje presenció es apenas la punta del iceberg de lo que ha vivido la oaxaqueña desde hace cinco años, cuando llegaron a modificar la casa para recibir turistas, especialmente jóvenes extranjeros. “Toda mi tranquilidad se fue”, dice, mientras se escuchaban los sonidos que venían del hostel, un ruido constante, música mezclada con distintos idiomas, que pudimos presenciar en los dos días que visitamos el predio.

Los vecinos de Pilar modificaron el edificio y construyeron un segundo piso, donde pusieron cuartos colectivos con literas, “de allí todo se ve, quitaron mi privacidad”. En total son por lo menos 60 literas, “cuando este lugar se llena, es una locura”, dice Pilar. Para amenizar la situación, ella empezó a llenar de plantas su patio, buscando formar una barrera natural. “Entonces busco evitar verlos, a pesar de que pueden ver hacia acá (la casa de Pilar)”.

IMAGEN: SANTIAGO NAVARRO F.

Al fondo del terreno construyeron una piscina. Ahí hay un bar con karaoke, donde hacen fiestas, happy hours, eventos noturnos, comidas, incluso para personas que no están alojadas en el hostel, cuenta Pilar. “Si pusieran música que me agradara, estaría chido, me serviría un mezcalito y me pondría a bailar todos los días”, satiriza.

Las azoteas del hostel y de la casa de Pilar son conectadas y los huéspedes cruzaban a la parte de Pilar. “De todo pasaba sobre nuestras cabezas. La gente subía a tener sexo. Había un violinista que se paraba en mi azotea a tocar en las noches. Ahora logramos que se pusiera una división”, lamenta.

Ella, “para cuidar su salud mental”, tuvo que alterar su rutina. Sale a trabajar todas las mañanas y, en las tardes, cuando debería regresar a su hogar, a arreglar su casa, hacer su comida, o simplemente a descansar, prefiere volver entre las 9h30-10h de la noche. “Porque este ruido es a cualquier hora del día, de la noche o de la madrugada, es muy complejo”, dice. “¿A dónde me quejo?, hice una carpeta con fotos y relatos de lo que estaba pasando y la entregué a la Direccion de Centro Histórico del municipio, pero no hay una respuesta para solucionar el problema, siquiera hay un diálogo. A los que habitamos aquí cada vez más se nos están reduciendo nuestras vivencias cotidianas”, comparte esta mujer.

La violencia alcanzó niveles de agresión física. Una noche, alrededor de las 11h30, ella y su hermano fueron a reclamar al hostel por el ruido del karaoke. “Era un escándalo”. Uno de los administradores-socios del hostel salió a la calle y los golpeó. “Hicimos una denuncia pública. En mí caso, lo abordé por violencia en razón de género”, cuenta Pilar, quien es activista feminista y ha sido galardonada con la Distinción Mujer Oaxaqueña “Margarita Maza Parada”. Ahora, el socio del establecimiento tiene una orden de aprehensión.

En la manzana donde está la casa de Pilar existen alrededor de 12 personas habitando en no más de cuatro casas, en medio, se encuentran seis hostels y otros establecimientos comerciales para el turismo. “Los que sobrevivimos en el centro histórico estamos aislados, ¿cómo convivir con todo eso?”, comparte.

Choques

Lo que sostiene la presencia de Pilar y su insistencia en permanecer en el centro histórico es la historia inscrita en la estructura arquitectónica de siglos de su casa, catalogada como patrimonio de la humanidad por la Unesco, y que compone la memoria de su familia. “Es un choque la historia que nos sostiene y la realidad que vivimos hoy”, comenta.

Pilar nació en un hospital a pocas cuadras de su casa, donde creció y pasó su infancia. No solo ella, sus hermanos, sus padres, sus tías, sus abuelos y sus bisabuelos también vivieron ahí. “Por mi bisabuelo, Manuel María Monterrubio, tenemos esta casa, desde finales del siglo 19. Ahora toca a mi generación heredarla”, defiende ella.

El lugar que hoy ocupa el hostel hacia parte de la casa original comprada por el bisabuelo paterno de Pilar. Originalmente estaba conformada por un rectángulo perfecto, estilo Andaluz, con corredores techados alrededor de la construcción, el piso de ladrillo cocido, una fuente en el centro, un patio trasero, un segundo y tercer patio para cuestiones domésticas.

Su bisabuelo compró la casa con recursos que obtenía de la venta de maíz, frijol y calabaza en el pueblo de Tlacolula de Matamoros. Su familia paterna viene de Tlacolula. Su familia materna, de la Mixteca. “Soy una mezcla entre mixtecos y zapotecos del Valle. Pero también hay un padre jesuita en nuestra historia que ya no regresó a la Península Ibérica cuando fue la primera expulsión de los jesuitas [en 1767], se quedó en Tlacolula, se casó con alguién de ahí y ahí mismo generó, pues una hacienda, una casa de pueblo”, recuerda.

Su bisabuelo materno era de Santiago Tillo, distrito de Nochixtlán. Ocupó el papel de llevar el correo durante la revolución de 1910. Con la información metida en los huaraches, caminaba desde Nochixtlán hasta la ciudad de Oaxaca, para colaborar con la resistencia contra Porfirio Díaz. “Mí bisabuelo paterno fue cristero y mi bisabuelo materno fue correo de la revolución”, entonces, “hay un choque histórico de planteamientos políticos muy interesante, ahora lo veo así, pero eso no es nada más que riqueza [para pensar mis propias posiciones], soy feminista, soy abolicionista y soy activista por los derechos humanos de las mujeres, principalmente, en este momento de mi vida”, abunda Pilar.

La casa fue heredada por sus abuelos, don Abrahán Monterrubio Uriarte y doña Guadalupe Alvarado. “Aquí se casaron, aquí tuvieron su ceremonia de boda”. Tuvieron tres hijos. “Mis tías Cecilia y Gloria Celestina, y mi padre, Luis Alfonso Monterrubio Alvarado”, dice Pilar enseñando las fotos en un álbum de fotografía familiar elaborado con terciopelo de algodón y rescatado por su abuelo Abrahán. “Era aficionado por la fotografía, tenía cámaras, su cuarto de revelado, sus charolas de barro cocido con fondo de arenilla, con todo eso revelaba sus fotografías”, recuerda con nostalgia.

Pilar enseña un antiguo álbum de fotografía de su familia. En la imagen aparece su antepasado Manuel María Monterrubio FOTO: SANTIAGO NAVARRO F.

Su abuelo transformó parte de la casa en una escuela de música, alrededor de 1896. La casa se volvió una referencia artística y de encuentro para personalidades oaxaqueñas y mexicanas. “Era una casa que estaba de moda”. Su abuelo promovía tertulias y accedían personas como los compositores oaxaqueñosGuillermo Rosas Solaegui (1897-1978) y Manuel Mondragón (1859-1922), que escribió el Cántaro de Coyotepec, canción que se canta en la entrada de la Guelaguetza. Se cuenta en la familia que “hasta llegaron Benito Juárez y Margarita Maza”, comenta Pilar.

La casa de su abuelo tenía 60 metros de largo y 30 metros de fondo. Cuando tocó a la tercera generación heredar la casa, el rectángulo perfecto fue dividido. “Fue dividido en tres segmentos, en forma de T, para los tres hijos – Gloria, Cecilia y Luis Alfonso. Todos compartíamos la salida en la Avenida Morelos. Entonces vivíamos, cada familia en su parte, pero compartíamos este espacio”.

La casa tenía de todo, se acuerda. Animales, gallinas con huevos, chivos, columpios, pozo de agua, espacio para correr y andar de bicicleta. “Hasta un chapoteadero para jugar con el agua nos hicieron”. Pilar recuerda especialmente de los árboles, sembrados por sus antepasados que todavía ella los mantiene. “Eran muchos árboles y árboles fructíferos, como la lima, naranja, nísperos, aguacate, zapote”. Como era una casa simétrica, del lado donde hoy está el hostel, “había la misma cantidad de árboles, pero cuando entraron cortaron casi todos y ahora utilizan la sombra de mis plantas” para aligerar el calor.

En sus memorias del barrio se acuerda de las tardes que, después de hacer la tarea de la escuela, iba por pan con otras niñas en la panadería Bamby, que todavía existe en la esquina de la Avenida Morelos y García Vigil, y aprovechaban para jugar en la Alameda de Léon [un jardín público ubicado al lado del Zócalo].

O entonces, los domingos de juegos en el Zócalo. “Como siempre se llenaba de gente los domingos y siempre ha habido vendedores ambulantes y siempre ha habido gente vendiendo cosas, entonces íbamos al Llano [Paseo Juárez “El Llano”, un parque público en el centro histórico]”.

El camino entre la Avenida Morelos y el Llano era, para ella, un regalo. “Caminar la Avenida Juárez, entre la Avenida Independencia y el Llano, era la cosa más preciosa del mundo porque los fondosos árboles de las casas acompañaban el andar por la calle, por las rejas y bardas. Eran árboles de guayabas, de nísperos, de naranjas, de mandarinas, lima, aguacate”. Y no solamente la Avenida Juárez. En las calles alrededor también había muchos árboles. “Era un jardín. Todavía hay vecinos que viven ahí y conservan los arbolitos”. En la época de lluvias era una preciosidad, los olores. “Esta ciudad ya no existe”.

Ahora, en la cuarta generación, Pilar heredó, junto con sus cinco hermanos, el espacio que correspondía a su padre, pero solamente ella y uno de los hermanos viven en la casa. “Sigue siendo un espacio de encuentro y reunión de mí familia, hacemos fiestas, rosarios”. Los herederos de sus tías resolvieron rentar su parte de la casa original para los dueños del hostel. “Toda esta situación generó un conflicto familiar muy grande. Se rompió el tejido familiar”.

En la sala de estar del hostel están los dos pianos que eran de sus tías. Una de ellas, Cecilia, era música, concertista. “Es una reliquia de la familia, pero que ya no la tenemos. Lo único que logré recuperar es este sillón de mi abuelo. Imagínate lo que otras familias también vivieron o están viviendo. Imagínate cuanta historia está siendo borrada”, relata la habitante de este espacio que ha sido fragmentado y absorbido por el mercado del turismo.

“¿Esto es lo que queda de la casa?”

En la fachada de la casa, compartiendo espacio con el letrero donde está el nombre del hostel, está una placa conmemorativa que anuncia que fue “el lugar donde falleció Macedonio Alcalá”.

En la casa vivió sus últimos días el reconocido violinista, pianista y compositor oaxaqueño, autor de Dios Nunca Muere, considerado el himno no oficial de Oaxaca y un símbolo cultural de México. “Alcalá llegaba a la casa cuando venía a la ciudad, era amigo de la familia. Justo en la habitación que estaba atrás de esta pared, que da a la calle, ahí fallece Macedonio Alcalá [en 1869]”, nos enseña Pilar.

FOTO: SANTIAGO NAVARRO

Vivir en una casa catalogada como patrimonio ha causado situaciones inesperadas y, de cierta forma, incómodas para Pilar. En 2022, en un aniversario luctuoso de Macedonio Alcalá, “me hablan por teléfono, yo estaba lavando, y me dicen, ‘oye Pilar, ¿qué estás haciendo?’, yo digo que estoy en mi casa, y me dicen que el [entonces] presidente municipal [Francisco Martínez Neri] y el cabildo se dirigían a mi casa, en razón del aniversario de Alcalá. Yo, contesté, ‘¿cómo?, ¿por qué?’. Me dice, ‘es que tienes que recibirlos porque ya están a punto de entrar en tu casa’”, recuerda.

Pilar los recibió, rápidamente “me puse una túnica de lino, unos huaraches exquisitos, me hice un chongo y ya, salí a recibirlos. Les dije, ‘esta es mi casa, pasen ustedes’. Y entró el presidente con todo su séquito”.

Pilar, que estaba en el auge del conflicto con su vecino, les hizo saber de todo el proceso que estaba viviendo. El alcalde dijo que esperaría la denuncia formal, que probara las irregularidades. Pilar la presentó, pero jamás tuvo respuesta.

El alcalde demostró estar más preocupado con otras cuestiones. “Me preguntó, ‘¿dónde están los instrumentos [musicales de Alcalá]?’ y, ‘¿esto es lo que queda de la casa?’”, refiriéndose al estado de la construcción. “Yo, para mí, veo una casa normal con un baño normal, con un lavabo normal, con habitaciones normales, funcional para la vida, o ¿cómo sería vivir de acuerdo a un inmueble catalogado, definido por el Estado?; ¿debería vivir distinto por vivir en un inmueble que fue catalogado patrimonio de la humanidad porque aquí murió Macedonio Alcalá?, y además quería encontrar sus instrumentos después de más de 150 años de su muerte, ¿se dan cuenta de la magnitud de la ignorancia de nuestras autoridades municipales?”, cuestiona Pilar con cierto sarcasmo.

Puede ser que haya un estereotipo, sostiene ella, de que quien vive por detrás de estas fachadas de estos inmuebles catalogados es rico. “Pero no es la realidad, en absoluto. Tal vez fueron ricos mis antepasados que compraron esta casa, porque tenían terrenos donde había ganado, maíz, frijol, calabaza. Pero todos los que aún vivimos, vivimos de nuestros propios ingresos, el pasado rancio aristocrático no existe más”.

Con mucho esfuerzo logra mantenerse en el centro. Entre los seis hermanos pagan los impuestos referentes a la casa. “Es carísimo, no tiene ni idea”. Según calcula, solamente de impuesto predial deberían pagar 65 mil pesos al año, “pero logramos un amparo y se redujo”, además “tenemos una redución porque ya somos mayores”. Pagan alrededor de 30 mil pesos.

Otro impuesto mencionado por ella es el del embellecimiento de paredes y jardineras. “Por ejemplo, llega una brigada después de cada marcha [considerando que las marchas son muy frecuentes en Oaxaca], te limpia, te pinta la fachada. Es complicado porque las compañeras que hacen arte gráfico tienen cosas preciosas”.

Si es necesario alguna obra para componer la fachada, “nos cotizó hace poco un arquitecto especializado en restauración, es 1,700 pesos el metro cuadrado, sin material. Si se cumple con todas las reglas del INAH [Instituto Nacional de Antropología e Historia] y del municipio, considerando que vivimos en una ciudad patrimonial, una posible restauración de la casa en sí es imposible para nosotras que vivimos aquí”.

Pie de video: Sara Ortiz Escalante, urbanista y socióloga del Colectivo Punto 6 – una cooperativa de arquitectas, sociólogas y urbanistas con sede en Barcelona y con trabajos en distintos territorios en América Latina, que desde hace 20 años busca integrar una perspectiva feminista e intersectorial en la forma de pensar y construir las ciudades – analiza los impactos de una ciudad con el sello “patrimonio de la humanidad” en la vida cotidiana de las personas que la habitan, especialmente mujeres y personas sexodisidentes.

“Aquí me van a velar”

Efectivamente, para la mujer, está habiendo un desplazamiento de las “personas que nacimos en el centro histórico, somos muy pocas las que quedamos”. Hay una reducción de “nuestro espacio vital, invaden nuestra memoria histórica, todo eso afecta nuestro cuerpo, mente y corazón, genera mucho resentimiento, mucha frustración y ¿qué haces con todo eso?, ya que quien debería mínimamente reglamentar lo que está pasando lo promueve sin límites”.

Lo que Pilar y algunos de sus pocos vecinos intentaron hacer en la última contienda municipal fue “poner el tema en el tapete”. Buscaron a las distintas candidatas y candidatos y les expusieron la problemática de vivir en el centro histórico. “Ninguno la quiso asumir”.

Mientras tanto “algunos sí están lucrando con todo eso”. A una cuadra de la casa de Pilar, sobre la Avenida Morelos, otro emprendimiento está llegando para recibir el turismo. Un condomidio con 15 departamentos de diferentes tamaños, con precios entre 3,8 millones y 10 millones de pesos. Uno de los anuncios ofrece un departamento de 76m2 por un poco más de 8 millones de pesos. La obra, iniciada en diciembre de 2024, no está finalizada pero avanza a marchas forzadas, según anuncian sus promotores en redes sociales.

También buscan un perfil de inversionista específico para su negocio. “Este complejo está diseñado específicamente para aprovechar la creciente demanda de estancias de corta duración todo el año: turistas, ejecutivos, visitantes de la cultura o la gastronomía. Su ubicación lo convierte en una apuesta segura: patrimonio, tránsito peatonal constante y acceso inmediato a lo mejor que ofrece la ciudad. Pensado para operación tipo Airbnb, ofrece tipologías funcionales, gestión sencilla y un activo tangible en una de las zonas más buscadas”.

FOTO: Redes Sociales

Mientras el ruido al lado, en el hostel, iba aumentando, Pilar caminaba por la casa, acompañándonos a la puerta de salida, con cierto aire de indignación. Este lugar “lo voy a seguir manteniendo contra viento y marea, de eso se trata la lucha política también, de resistir, vivir en el centro histórico es resistencia, yo no me voy a ningún lado, esta es mi casa, aquí me van a velar; si tengo que decir, gritar, pelear, lo hago porque tengo mucho que defender”, sostiene Pilar con mucha seguridad.

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