Por Bladimir Méndez

El lunes Ediciones Era dijo que cerraba, el martes explicó por qué y horas después borró la explicación. No ocurrió exactamente así, pero la secuencia se parece bastante y, sobre todo, deja algunas preguntas que hasta ahora han quedado sepultadas bajo los obituarios anticipados de una de las editoriales más importantes de México.

La tarde del 17 de agosto comenzó a circular una carta dirigida a clientes y librerías con un encabezado que no dejaba demasiado espacio para la interpretación: “Ediciones Era detiene sus operaciones”. La editorial informaba que suspendería sus actividades y que comenzaría a cerrar cuentas con las librerías y puntos de venta que tenían sus libros.

La explicación parecía suficientemente clara: después de la pandemia, sus ventas se habían desplomado hasta representar apenas el 25 por ciento de las que tenía antes del 2020; la red de librerías que durante décadas había permitido su subsistencia se había desarticulado y, pese a seis años de esfuerzos por mantener a flote la empresa, las deudas seguían creciendo. Para intentar sobrevivir, Era había vendido incluso su histórica casa de la colonia Roma.

La carta no había sido concebida como un comunicado público. A las 6:34 de la tarde, la periodista cultural Adriana Malvido la difundió en su muro de Facebook. En los comentarios alguien le hizo saber que la editorial había pedido discreción hasta realizar el anuncio por sus propios medios; Malvido respondió que lo desconocía y que, para entonces, la información ya estaba circulando. Poco después, una fuente de la propia editorial confirmó a Aristegui Noticias que el documento era auténtico y que se trataba de una comunicación enviada a librerías que no debía haberse filtrado. Ya era demasiado tarde: esa noche la noticia era que Ediciones Era cerraba después de 66 años.

Al día siguiente apareció en el sitio oficial de la editorial un texto distinto, titulado “Ediciones Era reduce sus operaciones”. La periodista Paola Flores alcanzó a leerlo, preparó una nota sobre su contenido y, cuando volvió a la página para incorporar el enlace, descubrió que el documento había desaparecido. Más tarde explicó en Facebook que conserva una copia íntegra y añadió algo que resulta importante para reconstruir lo ocurrido: “Lo que contenía la carta está en la nota”. Y lo que contenía modifica sustancialmente la explicación inicial.

Según la información publicada por Flores, Marcelo Uribe, director de Ediciones Era, señalaba que el principal comprador de la editorial llevaba tres años sin pagar y había acumulado una deuda enorme. Un segundo comprador había reducido entre 60 y 70 por ciento las ventas de sus títulos. La crisis, vista así, dejaba de ser únicamente una consecuencia de la desaparición de librerías, del cambio en los hábitos de lectura o del avance de las pantallas: había también libros entregados cuyo dinero no regresaba a la editorial y compradores que habían reducido drásticamente sus operaciones con Era.

Luego aparecía otro actor: el Estado mexicano.

De acuerdo con Flores, Uribe sostenía que el Estado había dejado de interesarse como comprador de libros de literatura, arte y conocimiento y, para referirse a las cadenas de librerías culturales del Estado, utilizaba una expresión poco habitual en un comunicado empresarial: “políticas de extorsión”. La alternativa planteada a los editores habría consistido, según ese texto, en aceptar un pago reducido o arriesgarse a quedarse sin nada; cuando Era volvió a vender a esas cadenas de librerías culturales, recuperó apenas el 20 por ciento de las ventas anteriores.

Podría pensarse que todo depende del testimonio de una periodista que asegura conservar un documento que los demás ya no podemos consultar. Sin embargo, Google alcanzó a indexar la página antes de que fuera retirada y todavía el 19 de agosto mostraba, bajo el dominio oficial de edicionesera.com.mx, fragmentos que coinciden con lo publicado por Flores. En uno puede leerse: “Por su parte, el Estado como comprador también dejó de estar interesado…”. En otro aparecen las palabras “políticas de extorsión”, acompañadas de la disyuntiva: “o firmas aquí y aceptas un pago reducido o te quedarás sin nada”.

No tenemos la carta íntegra a la vista, pero tampoco estamos ante un simple rumor. Paola Flores afirma conservar el documento completo y los rastros que dejó la propia página de Era en Google corroboran una parte sustancial de su contenido.

Lo que todavía no sabemos es quién era ese cliente principal que dejó de pagar durante tres años, ni a qué cadenas culturales del Estado se refería Marcelo Uribe. En los fragmentos recuperados no aparece la palabra Educal y sería irresponsable colocarla allí por nuestra cuenta. Existe, sin embargo, un antecedente que vuelve inevitable la pregunta.

Al comenzar el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, Educal arrastraba decenas de millones de pesos en adeudos con editoriales, una deuda heredada principalmente de la administración anterior. La solución planteada durante el primer año de la 4T consistió en pagar alrededor de 80 por ciento y pedir a las editoriales que perdonaran el resto. Penguin Random House se negó. Su entonces director para México y Centroamérica, Roberto Banchik, acusó públicamente a Paco Ignacio Taibo II, director del Fondo de Cultura Económica, de presionar a los editores para que aceptaran la quita. La fórmula con que sintetizó aquella negociación fue igualmente poco diplomática: “quita o nada”. Juan Villoro calificó entonces aquella política como “casi una extorsión”.

Seis años después, una publicación de Ediciones Era que desapareció de internet hablaba de “políticas de extorsión” y describía una disyuntiva prácticamente idéntica: aceptar un pago reducido o quedarse sin nada. La semejanza no demuestra que Era estuviera hablando de Educal, pero obliga, cuando menos, a preguntar si se refería a ella y si la editorial fue también una de las afectadas por aquel mecanismo.

Hasta ahí tendríamos la historia de una editorial sometida a la caída de ventas, a clientes morosos y a una reducción de las compras públicas. Pero todavía falta una tercera versión.

Después de que desapareció el documento “Ediciones Era reduce sus operaciones”, la editorial publicó el comunicado que mantiene hasta ahora en su página bajo un título mucho más esperanzador: “Ediciones Era: 66 años de libros que se quedan”. Ya no se habla de detener operaciones, sino de reducirlas al mínimo, y también cambia notablemente la explicación de la crisis.

El cliente que llevaba tres años sin pagar ya no aparece; tampoco el segundo comprador que redujo entre 60 y 70 por ciento sus operaciones, ni el Estado como comprador, ni las cadenas de librerías culturales, ni el pago reducido, ni el 20 por ciento recuperado, ni las “políticas de extorsión”. En su lugar, la editorial ofrece una explicación general sobre las transformaciones que siguieron a la pandemia y resume el problema con una frase mucho más cómoda para todos los involucrados: “El mundo cambió”.

Seguramente sí. La pandemia transformó el comercio del libro, modificó los hábitos de compra y aceleró procesos que ya estaban en marcha. Nada de eso contradice que un gran cliente pudo haber dejado de pagar, que otro haya reducido sus compras o que las políticas de adquisición del Estado hayan afectado las finanzas de una editorial independiente. Las dos explicaciones pueden ser ciertas al mismo tiempo.

La diferencia es que en el texto que desapareció había sujetos concretos detrás de una parte de la crisis, mientras que en el comunicado que permanece publicado sólo quedan las circunstancias.

No sabemos por qué Ediciones Era retiró aquella versión. Tal vez alguien dentro de la editorial advirtió que acusar de “extorsión” a las librerías culturales del Estado podía complicar negociaciones que apenas comenzaban; quizá había discrepancias internas sobre la manera de explicar el problema o se abrieron conversaciones con acreedores, compradores o autoridades que aconsejaron moderar el lenguaje. También es posible que simplemente consideraran que Marcelo Uribe había sido demasiado explícito.

Puede especularse incluso que hubo alguna presión externa para retirar el documento, pero hasta ahora no existen pruebas que permitan sostenerlo y además no hace falta fabricarla. Lo que ya está documentado resulta suficientemente interesante: una explicación que atribuía parte de la crisis a compradores concretos y a determinadas políticas del Estado fue retirada y sustituida por otra en la que esos actores dejaron de aparecer.

Este miércoles 19 de agosto se agregó un elemento más a la historia. Preguntada por la situación de Ediciones Era, la presidenta Claudia Sheinbaum respondió: “Vamos a ver cómo podemos ayudar”.

Qué bueno que el gobierno quiera ayudar a Era. Antes, sin embargo, sería conveniente saber con precisión qué ocurrió. Si se confirma que las políticas de las librerías culturales estatales tuvieron algún peso importante en la crisis de la editorial, podríamos terminar ante la paradoja de que el Estado acuda a salvar a una empresa cultural después de haber reducido sus compras o de haberla sometido a condiciones que la propia Era llegó a calificar como extorsiones y que le provocaron una asfixia financiera.

También sería útil saber quién es el comprador que lleva tres años sin pagar y cuánto dinero debe, pero esa es otra parte de la historia.

Entonces, ¿la 4T mató a Ediciones Era? No sabemos todavía si las decisiones del Estado tuvieron un peso suficiente como para formular una acusación semejante y mucho menos si Educal era la cadena de librerías a la que se refería Marcelo Uribe. Lo que sí sabemos es que durante unas horas estuvo publicada en el sitio de Ediciones Era una explicación distinta de la que permanece actualmente: allí había un gran deudor, otro comprador que redujo sus operaciones y un Estado cuyas cadenas de librerías culturales eran acusadas de “políticas de extorsión”.

Después, aquella página desapareció. En la que quedó, el culpable ya no tiene nombre. El mundo cambió.

Leave a comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.