Del campo al arte: La voz de las infancias en la zafra

Entre noviembre y diciembre de cada año, cientos de familias de Oaxaca y otros estados migran a las zonas cañeras del país por la temporada de zafra: la cosecha, el transporte y el procesamiento industrial de la caña de azúcar.
Este periodo desata un intenso movimiento con jornadas laborales de hasta 12 horas que, en muchos casos, arrastra también a niñas, niños y adolescentes. El esfuerzo colectivo de estas familias es clave para alcanzar la producción anual de México, estimada entre cinco y seis millones de toneladas de azúcar.
La zafra inicia en esos meses y termina entre junio y agosto del siguiente año. Para las familias jornaleras, el corte de caña, el acarreo o la molienda representan una fuente segura de ingresos. Sin embargo, esto implica que sus hijos realicen tareas de alto riesgo, incluyendo a adolescentes que no han cumplido la edad mínima legal para trabajar.
Una mirada al sureste cañero
La promotora y gestora cultural Clara Sánchez Hernández pudo observar esta realidad al viajar por la región cañera del sureste del país. La imagen que conservaba de aquel viaje en el año 2000 es la de adolescentes encaramados en camiones que transportan grandes volúmenes de caña desde los campos de cultivo hasta los ingenios azucareros.
Con los años, una investigación sobre la zafra, los derechos de las infancias y el trabajo infantil la acercó a la dinámica de las familias que van de localidad en localidad. Muchos de sus hijos adolescentes dejan de estudiar o lo hacen temporalmente, pero no sienten pertenencia a la comunidad.
En algunos casos, situaciones como el embarazo temprano los llevan a decidir que es mejor trabajar que estudiar. La solución inmediata es la zafra porque se paga bien, aunque sea un empleo temporal.
De ahí surgió el proyecto La zafra, libres de trabajo infantil. Su objetivo fue abrir espacios para que las infancias pudieran hablar en confianza y libertad sobre sus derechos, la memoria, el juego, una idea, un problema de su entorno, el trabajo o un deseo, promoviendo la escucha y la participación activa.
Entre noviembre de 2025 y agosto de 2026, Clara Sánchez Hernández recorrió comunidades cañeras de ocho estados del país: Veracruz, Oaxaca, Colima, Jalisco, San Luis Potosí, Tabasco, Quintana Roo y Morelos. En cada lugar instaló un laboratorio creativo donde los participantes expresaron sus experiencias en torno a ese lugar común: la zafra.

El arte como una experiencia viva
Su experiencia de dos décadas acompañando procesos comunitarios con las infancias, propició el intercambio de ideas y la reflexión colectiva. Por medio de conversatorios, dibujo, pintura y escritura, los participantes expresaron sus ideas sobre la siembra, la cosecha, el trabajo infantil y sus derechos.
Los textos e imágenes resultado de esos laboratorios creativos, demuestran que el arte no está encerrado en un museo sino que es una experiencia viva que nos conecta de golpe con nuestro entorno y nuestras emociones; no se queda en la cabeza, pasa por el cuerpo.
También son escritos que confrontan porque visibilizan una realidad que por décadas ha originado investigaciones científicas y sociales en México, impulsadas por instituciones gubernamentales, universidades y organismos internacionales. Pero en lo concreto no se logra erradicar, porque, como explica el investigador Mauricio Padrón de la UNAM, requiere entender sus causas profundas y aplicar medidas multisectoriales más allá de la prohibición legal.
Por eso, la propuesta de Clara Sánchez, como ella misma menciona, no busca darles soluciones, la intención no era contarles sobre trabajo infantil sino guiar una actividad en la que ellos cuenten, hablen o pinten su cotidianidad o la de sus familias.
Los textos y las piezas pintadas colectivamente expresan la propia experiencia, diálogos en casa o en su entorno, muestran una forma particular de mirar. Cada niño, cada joven tiene su propia historia de vida y decide la interpretación que le da al trabajo en la zafra.
El arte aquí funciona como una herramienta con la que logran identificar el abuso, los gritos, ofensas o discriminación —común en «la capacitación»— y resignificar la comunidad, el espacio común y el trabajo infantil.
«En esta dinámica lo importante fue tomar conciencia desde la experiencia comunitaria, desde la propia historia o la memoria local, sobre lo que implica el trabajo que se realiza en las regiones cañeras y su lugar como infancias frente a la comunidad».
«Pero, sobre todo —agrega—, reconocieron sus derechos, su capacidad para organizarse, los caminos de la creatividad para expresarse y para contribuir con sus propuestas a mejorar la situación de las infancias».
Del catálogo a la exposición
Todas las historias y la obra producida durante el proyecto se conjuntaron en un catálogo realizado con el apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (SACPC).
Este testimonio se presentará junto con una exposición de algunas piezas creadas en los laboratorios, el próximo 30 de septiembre a las 17:30 horas en el Museo de Arte Contemporáneo y de las Culturas Oaxaqueñas (MACCO).

