Tres lideresas que siembran respuestas frente al cambio climático

Las historias de tres lideresas indígenas en México, Colombia y Perú tienen un punto en común: enfrentar la crisis climática también significa conservar los conocimientos y las condiciones que han permitido a sus pueblos vivir en esos territorios durante generaciones.

Redactor: Astrid Arellano / MONGABAY LATAM

En distintos territorios de América Latina, prepararse para un clima cada vez más extremo puede significar cosas tan concretas como proteger una semilla, recuperar una planta medicinal o conseguir que el agua vuelva a llegar hasta una comunidad. Frente a sequías prolongadas, temperaturas más altas, lluvias cada vez menos predecibles y fenómenos climáticos como El Niño, las mujeres indígenas están impulsando respuestas que combinan conocimientos transmitidos durante generaciones con nuevas herramientas para cuidar sus territorios y sostener la vida de sus pueblos.

Este 5 de septiembre, Día Internacional de las Mujeres Indígenas, sus experiencias también permiten mirar el cambio climático desde quienes enfrentan sus consecuencias. En sus comunidades, las mujeres participan en la producción de alimentos, el cuidado del agua y la conservación de los ecosistemas, pero también ocupan cada vez más espacios de organización y toma de decisiones desde los que proponen cómo prepararse frente a un futuro climático incierto.

México: sembrar conocimientos para defender el territorio

En las milpas del Valle de Tehuacán, en Puebla, existen terrazas agrícolas construidas con piedras sobre las laderas de los cerros. Desde tiempos antiguos, estos sistemas han permitido aprovechar el agua en un territorio donde las lluvias son escasas. Allí, Xananine Calvillo camina con niñas y niños: recorren los cultivos de maíz, buscan quelites, reconocen distintas plantas y escogen mazorcas. Después, utilizan hojas y semillas para pintar y conversar sobre el territorio: cómo era antes, qué crece en él y cómo imaginan su futuro.

“Cada vez que llega la época de lluvias, los cerros cambian de color; es como si tuvieran otra piel”, describe Calvillo sobre este paisaje donde el semidesierto se mezcla con el bosque tropical seco. “Entender las estaciones es lo que nos puede hacer más conscientes de nuestra dependencia de la naturaleza y de los ciclos de la tierra”.

Para Calvillo, recuperar las dietas tradicionales también forma parte de la respuesta frente al cambio climático. Esto implica reducir la dependencia de la agricultura industrial y volver a alimentos y prácticas vinculados con el territorio, desde los cultivos de la milpa hasta las plantas que crecen en los cerros

“Nuestras dietas tradicionales —que aportan incluso mejores nutrientes que las dietas occidentales— no solo nos pueden hacer sobrevivir al cambio climático, sino también nos pueden hacer reconocer de dónde venimos y qué es lo mejor para la tierra de la que dependemos”, agrega.

Calvillo es una joven del pueblo ngiwa y activista por la justicia climática. Originaria de la comunidad de San Mateo Zoyamazalco, creció en el Valle de Tehuacán y estudió Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su interés por estos temas comenzó desde niña, al observar a sus abuelos sembrar y conservar semillas y, al mismo tiempo, los cambios que ocurrían alrededor de las comunidades con la expansión de la agricultura industrial.

Años después, tras participar en movimientos climáticos, decidió regresar parte de esas discusiones y herramientas a su propio territorio.

Junto con otras jóvenes ngiwa creó el Colectivo Jna Tsjo —“Cerro de la flor”—, que trabaja para recuperar conocimientos vinculados con la milpa, las plantas comestibles y medicinales y las semillas nativas. Una de sus preocupaciones es que estos saberes puedan seguir siendo transmitidos a las nuevas generaciones y, al mismo tiempo, convertirse en herramientas para enfrentar un clima cambiante.

“Es necesario formarnos en qué podemos hacer desde las comunidades, desde los hogares y con las infancias, de crear estas habilidades para sostener la vida, pero a la vez defender las condiciones que ya sostienen la vida”, dice la lideresa. “Tradicionalmente, nuestra alimentación proviene de los cultivos de la milpa: de las calabazas, los frijoles, los chiles y el maíz, que se complementan con las hierbas silvestres que crecen en la misma milpa, pero también en los cerros”.

En un territorio semiárido, explica Calvillo, las semillas conservadas y seleccionadas durante generaciones están adaptadas a condiciones de poca agua y temporadas cortas de lluvia. Por eso, protegerlas tiene también un sentido de autonomía y supervivencia. En los intercambios de semillas organizados por el colectivo han encontrado familias a las que ya les resulta difícil conseguir variedades nativas, mientras aumenta la dependencia de semillas comerciales. Para ella, recuperar las primeras significa que las comunidades puedan conservar una herramienta propia para responder ante escenarios de escasez de agua y alimentos.

El colectivo lleva esta conversación especialmente a niñas, niños y jóvenes mediante recorridos por las milpas, intercambios de semillas, talleres al aire libre, murales y actividades artísticas. No se trata solamente de enseñarles cómo sembrar. Calvillo busca que pregunten a sus madres, padres y abuelos qué se cultivaba antes, qué plantas se comían o utilizaban como medicina y qué historias existen alrededor de ellas. Así, la recuperación de conocimientos también fortalece una relación con el territorio que, sostiene, será necesaria para que una nueva generación quiera permanecer en él y defenderlo.

“Nosotros entendemos que mucho del conocimiento ancestral ya está incrustado en la lengua misma, en la forma en la que se dicen las cosas, en la forma en la que se habla de la vida misma”, describe.

El agua atraviesa buena parte de esas preocupaciones. Calvillo cuenta que los agricultores ya enfrentan mayores dificultades para anticipar las temporadas a partir de las primeras lluvias y que los ciclos que antes servían para decidir cuándo sembrar o cosechar son cada vez menos predecibles. A ello se suma la presión que ejerce la extracción industrial de agua en una región donde los manantiales, ríos y acuíferos son fundamentales para las comunidades.

“Nuestras semillas se han adaptado a eso, pero ahora hay una dependencia de las semillas transgénicas, del agronegocio, de las industrias que al final están haciendo que nuestro pueblo pierda la soberanía alimentaria y su capacidad de sobrevivir a la escasez de comida y de agua, por toda esta extracción que las industrias han hecho al punto de secar pozos y manantiales”, explica Calvillo. “Solo la organización comunitaria es capaz de detener todos estos proyectos extractivos”.

Protesta simbólica de mujeres del pueblo ngiwa frente a una planta productora de pollo en San Marcos, Puebla, durante el Día Global de Acción convocado por la Coalición Alto al Financiamiento de las Granjas Industriales. Foto: cortesía Colectivo Jna Tsjo

Frente a las sequías y temperaturas más altas que podrían intensificarse con fenómenos climáticos como El Niño, plantea que las respuestas deben combinar prácticas tradicionales —como la captación de lluvia y el cuidado de los sitios vinculados al agua— con nuevas tecnologías y, sobre todo, con la defensa territorial.

“El movimiento de defensa del territorio está liderado por personas más grandes y nosotras decíamos: cuando ellos no estén, ¿quién va a seguir esta lucha?”, cuestiona Calvillo. “Esas mismas personas nos han respondido que se necesita involucrar a los jóvenes. Nosotras veíamos que podíamos usar lo que sabemos, no solo lo que hemos estudiado, pero también lo que los abuelos nos han contado, para transmitírselo a otras generaciones, a las infancias, e ir creando conciencia, y después en la capacidad de liderar estas luchas”.

Esa defensa intenta ahora trascender a cada comunidad. El Consejo Regional Ngiwa reúne a autoridades tradicionales, comuneros, colectivos y habitantes de 12 comunidades del Valle de Tehuacán para intercambiar conocimientos y organizarse frente a amenazas sobre el territorio. Algunas comunidades, explica Calvillo, conservan mejor sus semillas. Otras mantienen conocimientos sobre lugares sagrados o formas de cuidar el agua. Compartirlos puede fortalecer su capacidad colectiva para enfrentar periodos de sequía y calor.

Para Calvillo, la adaptación climática no puede reducirse a aprender a soportar condiciones cada vez más difíciles. “Uno tampoco se puede adaptar a perder la lengua, a perder lo que nos hace nosotros, a perder la cultura, a perder el territorio, a perder la vida misma”, sostiene.

Integrantes del colectivo Jna Tsjo, frente al mural comunitario realizado con las infancias y juventudes de la comunidad de San Mateo Zoyamazalco, con la leyenda «gracias a nuestra tierra» en lengua ngiwa. Foto: cortesía Colectivo Jna Tsjo.

Perú: agua, organización y liderazgo frente a la sequía

Cuando el nivel de los ríos baja en la cuenca del Ampiyacu, en la Amazonía peruana, las distancias se hacen más largas. Las lanchas ya no pueden llegar hasta algunas comunidades y dejan a sus pasajeros en las playas, mientras que transportar alimentos y mercancías se vuelve más difícil y costoso.

Río arriba, donde algunas comunidades todavía no cuentan con sistemas de abastecimiento de agua, la sequía también puede traer problemas de salud. Mayra Collantes conoce bien estas dificultades. Hace unos tres años, recuerda, una fuerte sequía se prolongó durante casi seis meses.

“Este ha sido uno de los cambios climáticos más fuertes que hemos tenido”, cuenta. Durante aquel periodo, dice, aumentaron los precios, murieron peces en las cabeceras de los ríos y el agua de las quebradas se deterioró. Incluso encontraron animales silvestres muertos por falta de agua. “Sí nos vimos afectados totalmente, tanto nosotros como los animales”, recuerda.

Mayra Collantes asume el rol de Mujer Líder de la Federación de Comunidades Nativas del Ampiyacu (Fecona), que tiene como decreto contar con un 50 % de mujeres en su directiva. Foto: cortesía CI Perú

Collantes tiene el cargo de Mujer Líder de la Federación de Comunidades Nativas de la Cuenca del Río Ampiyacu (FECONA) y representa a las mujeres de 14 comunidades. Desde joven comenzó a participar en reuniones y capacitaciones comunitarias, hasta asumir responsabilidades dentro de su comunidad y, posteriormente, en la Federación. Hoy forma parte de una junta directiva integrada por seis mujeres y seis hombres, donde, explica, las decisiones se toman de manera conjunta.

Esa participación ha sido clave para definir algunas de las respuestas frente a los cambios del clima. Una de ellas fue mejorar los sistemas de abastecimiento de agua utilizando energía solar.

En la comunidad de Collantes ya existía un sistema instalado por el Estado, pero funcionaba con gasolina. El costo del combustible fluctuaba y las familias pagaban entre 15 y 20 soles mensuales sin garantizar que el sistema pudiera operar todo el mes. Con la incorporación de paneles fotovoltaicos, el gasto de mantenimiento bajó a unos cinco soles mensuales y el bombeo se volvió más constante. “Desde que se hizo con el sistema fotovoltaico, ha mejorado el sistema de agua para las familias”, explica.

Una de las bombas de agua con paneles fotovoltáicos instaladas en las comunidades que representa Mayra Collantes a través de la Fecona. Foto: cortesía CI Perú

Conservación Internacional Perú, organización que ha acompañado y financiado parte de estas iniciativas, señala que actualmente unas 250 familias de cinco comunidades cuentan con sistemas mejorados. En algunos casos se rehabilitó infraestructura que había quedado fuera de funcionamiento y se sustituyó el bombeo con combustible por energía solar.

En otros casos se implementaron sistemas utilizando infraestructura comunitaria. El agua es entubada, no potable, y las federaciones han buscado coordinación con gobiernos locales para su tratamiento.

Para las mujeres, el efecto va más allá de disponer de agua. En muchas familias son ellas quienes recorren las distancias necesarias para conseguirla y quienes asumen buena parte del cuidado cuando niñas y niños enferman por problemas asociados a su calidad o escasez. Por eso, explica Conservación Internacional, su participación en los espacios donde se deciden las prioridades climáticas permite incorporar necesidades que de otra manera pueden quedar fuera.

El artículo completo en Mongabay Latam

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