Oaxaca exporta mano de obra: cómo se formó el mercado laboral entre Oaxaca y Estados Unidos

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Desde hace décadas, comunidades oaxaqueñas están enlazadas con mercados laborales del norte de México y Estados Unidos. Una de las rutas mejor documentadas es la que se origina en pueblos mixtecos, triquis y zapotecos con destino hacia los campos agrícolas de Sinaloa y Baja California; con el tiempo, la ruta cruzó la frontera rumbo a California, Oregon y Washington.

Ulises Revilla López y Celso Ortiz Marín han estudiado la incorporación de trabajadores indígenas oaxaqueños a los mercados agrícolas de California y Sinaloa (Etnificación del mercado de trabajo agrícola en California, Estados Unidos, y Sinaloa, México). El Estudio de Trabajadores Agrícolas Indígenas, de Richard Mines, Sandra Nichols y David Runsten, estimó que entre 2004 y 2008 había unos 118 mil trabajadores agrícolas indígenas mexicanos en California, y más de 165 mil personas si se incluye a los niños. A fines de 2007, su conteo de redes de pueblos de origen, que los propios autores consideran incompleto, identificó 53 mil 602 adultos de 342 pueblos de México que vivían en zonas rurales del estado; más de 80 por ciento procedía de Oaxaca (ETAI, Informe Final, 2010).

El camino no se quedó en el campo. Los oaxaqueños se incorporaron también a trabajar en restaurantes, construcción, fábricas, servicios domésticos y distintas actividades urbanas. Un estudio de Jeffrey H. Cohen, Leila Rodriguez y Margaret Fox en doce comunidades de los Valles Centrales encontró que 53 por ciento de los hombres migrantes de su muestra trabajaba en servicios, principalmente restaurantes; 12 por ciento en agricultura y 7 por ciento en fábricas. Entre las mujeres, 56 por ciento se encontraba en servicios o trabajo doméstico (Gender and Migration in the Central Valleys of Oaxaca).

Cada generación migratoria agregó algo a ese camino: familiares que ya habían cruzado, paisanos que conocían dónde había empleo, contratistas, transportistas, lugares para alojarse y comunidades establecidas en los sitios de destino.

Cuando aparece el trabajo, el camino ya existe; sólo hay que recorrerlo.

La Encuesta Intercensal 2025 muestra que esa conexión conserva una fuerte raíz rural. En las localidades de menos de 2 mil 500 habitantes, 6.7 por ciento de las viviendas reportó que alguno de sus integrantes había emigrado recientemente al extranjero. En las ciudades de 100 mil habitantes o más, la proporción fue de 1.8 por ciento.

La presencia de emigración internacional es casi cuatro veces mayor en las viviendas del Oaxaca rural.

Oaxaca creció y los trabajadores se fueron

El aumento de la emigración ocurrió, además, mientras la economía oaxaqueña crecía.

En 2023, el producto interno bruto estatal aumentó 7.6 por ciento, una de las mayores tasas del país. La construcción creció 45.2 por ciento y los servicios de alojamiento temporal y preparación de alimentos y bebidas, 25.5 por ciento (Inegi). Ese año estaban en marcha grandes obras de infraestructura en Oaxaca, entre ellas las asociadas al Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec; en marzo, por ejemplo, más de cinco mil trabajadores de la región participaban en el proyecto.

Aun así, ese año salieron al extranjero 16 mil 667 oaxaqueños. De ellos, 14 mil 602 emigraron por razones laborales; 11 mil 464 eran jóvenes de entre 15 y 34 años que fueron a Estados Unidos por trabajo.

La salida no ocurrió en medio de desempleo masivo. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, en el tercer trimestre de 2023 la tasa de desocupación en Oaxaca fue de apenas 1.9 por ciento. Quienes se fueron lo hicieron, en su gran mayoría, para buscar trabajo, pero en Oaxaca la ocupación no escaseaba en términos generales.

Había empleo y había crecimiento, y aun así se mantuvo una emigración elevada. Más que la falta de ocupación, aparecen las condiciones en que se trabajaba. En ese mismo periodo, 81.5 por ciento de la población ocupada estaba en la informalidad y 58.8 por ciento de la población se encontraba en pobreza laboral.

Tener trabajo en Oaxaca, por tanto, no significaba necesariamente ganar lo suficiente para salir de la pobreza ni contar con protección social.

Los datos colocan frente a frente dos mercados laborales. En Oaxaca había ocupación, pero ocho de cada diez trabajadores estaban en la informalidad. Estados Unidos, por su parte, llevaba décadas conectado con las comunidades oaxaqueñas y había mostrado capacidad para absorber trabajadores cuando aumentaba su demanda.

En ese contexto, 46 mil 627 jóvenes de entre 15 y 34 años se fueron a Estados Unidos en busca de trabajo entre octubre de 2020 y octubre de 2025.

No son dos mercados separados. Las redes migratorias los conectan desde hace décadas y una parte de esa relación se ha vuelto, además, más administrada por la política laboral y migratoria de Estados Unidos.

Una circulación más administrada

La relación laboral entre México y Estados Unidos no sólo cambió de volumen, también cambió de forma.

Jorge Durand y Douglas S. Massey llaman a la etapa actual de la migración México-Estados Unidos de “represión y circulación legal”. Por un lado, una frontera militarizada y un régimen de detención y deportación masivas de migrantes indocumentados; por el otro, el reclutamiento de trabajadores mexicanos mediante visas temporales de corta duración (Evolution of the Mexico-U.S. Migration System).

El programa H-2A permite ver ese cambio. Los empleadores agrícolas estadounidenses pueden solicitar trabajadores extranjeros para labores temporales o estacionales cuando consideran insuficiente la mano de obra disponible. Los puestos certificados pasaron de poco más de 79 mil en 2010 a 275 mil en 2020 y 398 mil 258 en el año fiscal 2025. México concentra más de nueve de cada diez visas H-2A: en 2024, 285 mil 781 de las 315 mil 328 emitidas por Estados Unidos fueron para mexicanos, 90.6 por ciento.

La lógica es distinta de la migración irregular, dado que antes de viajar existe una plaza solicitada por un empleador y una autorización por tiempo determinado. El permiso está atado a ese empleo.

De ida, trabajadores; de regreso, remesas

El flujo tiene retorno: una parte del ingreso ganado por los migrantes vuelve a los hogares de Oaxaca.

La Encuesta Intercensal 2025 calcula que alrededor de 110 mil viviendas oaxaqueñas reciben dinero de alguna persona que vive en otro país. En el medio rural esa presencia es mucho mayor, pues 12.3 por ciento de las viviendas de localidades con menos de 2 mil 500 habitantes recibe recursos del extranjero, frente a 2.4 por ciento en ciudades de 100 mil habitantes o más.

El patrón se repite según el tamaño de la localidad. Tanto la emigración como las remesas tienen mayor presencia en el Oaxaca rural.

Raúl Delgado Wise, Francisco Caballero Anguiano y Selene Gaspar Olvera estudian este circuito como parte de la reproducción transnacional del ejército de reserva de mano de obra en Migration, Informality, and Unequal Exchange in the Context of the Mexico–US Regional Integration Process. Para incorporarse al mercado estadounidense, un trabajador llega después de años de alimentación, cuidados, educación y formación asumidos en gran medida por su familia, su comunidad y las instituciones de su país de origen.

Los investigadores estimaron el valor de esa transferencia para México. Compararon los costos de educación pública y alimentación básica asociados con los migrantes mexicanos que llegaron a Estados Unidos entre 1994 y 2021 con las remesas enviadas durante el mismo periodo. Su cálculo concluyó que el valor invertido en formar y reproducir a esos trabajadores fue de casi 50 por ciento superior al dinero recibido después en forma de remesas.

Con esa comparación, los autores concluyen que las remesas no constituyen un subsidio del Norte al Sur, sino que la relación implica una transferencia de valor del Sur al Norte. La estimación corresponde a México en su conjunto y no se calculó para Oaxaca, pero ofrece una clave para interpretar el caso oaxaqueño.

Las remesas constituyen una parte del salario ganado por los propios migrantes. Ese dinero vuelve a sus familias y contribuye al pago de alimentos, vivienda, educación, cuidados y otros gastos cotidianos. De esa manera participa también en la reproducción de los hogares y de la fuerza de trabajo que permanece en las comunidades de origen, con fuerte propensión a emigrar.

No vuelve lo mismo que salió. Hacia Estados Unidos emigran personas cuya capacidad de trabajo se formó durante años en México; hacia Oaxaca regresa una parte de los ingresos generados con ese trabajo.

La asimetría entre ambos extremos es enorme. En 2024, 51.6 por ciento de la población de Oaxaca estaba en pobreza multidimensional; del otro lado de la frontera se encuentra la mayor economía del mundo.

Un mercado a ambos lados de la frontera

La Encuesta Intercensal 2025 pone cifras recientes a una relación que lleva décadas funcionando.

En cinco años, la emigración internacional de Oaxaca prácticamente se duplicó y creció mucho más que en el conjunto del país. El perfil se repite una y otra vez en los datos: jóvenes, hombres en su mayoría, salida por trabajo y Estados Unidos como destino casi absoluto.

En el centro del flujo está la cifra que resume el fenómeno: 46 mil 627 oaxaqueños de 15 a 34 años fueron a Estados Unidos en busca de trabajo, 115 por ciento más que en el quinquenio medido por el Censo 2020.

La mayor salida ocurrió en 2022, el mismo año en que Estados Unidos alcanzó el máximo de vacantes del periodo. Después disminuyeron la demanda y la emigración laboral oaxaqueña. Lo que no desapareció fue el camino construido durante generaciones entre los pueblos de Oaxaca y los campos, restaurantes, fábricas, obras y servicios estadounidenses.

Ni siquiera el fuerte crecimiento de Oaxaca en 2023 cortó esa salida. Ese año el PIB estatal creció 7.6 por ciento, pero 81.5 por ciento de los ocupados seguía en la informalidad y 58.8 por ciento de la población estaba en pobreza laboral.

El trabajador que llega a Estados Unidos no aparece de pronto en la frontera. Llega después de años de cuidados, alimentación, educación, aprendizaje y experiencia acumulados en su familia y su comunidad. Su capacidad de trabajar se forma aquí y produce allá. Luego, una parte del ingreso regresa en forma de remesas y ayuda a sostener a quienes permanecen.

Entre Oaxaca y Estados Unidos funciona, así, un mercado laboral transnacional construido durante décadas. De un lado está uno de los estados más empobrecidos de México, con una economía donde predominan la informalidad y los bajos ingresos; del otro, la mayor economía del mundo, capaz de atraer, contratar y, cada vez más, administrar temporalmente una parte de esa fuerza de trabajo según sus necesidades.

Oaxaca exporta café, mezcal y frutas, entre otros productos, pero una de sus exportaciones no aparece en las estadísticas comerciales, porque se cuenta en personas: Oaxaca exporta mano de obra.

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