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I / III
Por Víctor Palomo
En días recientes la Secretaría de las Culturas de Oaxaca anunció la Feria Internacional de la Escritura y la Lectura de Oaxaca, que ocupará este 2025 el lugar de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca, declinada este año, después de muchos, por sus organizadores: Fondo Ventura y Grupo Editorial Almadía.
En esta serie de tres breves comentarios, intentaremos trazar la ruta que siguió la institucionalización de, hacer una revisión puntual de los motivos que dieron origen a este tipo de festivales de las letras (hoy de la lectura), y hacer un mínimo recuento de los aciertos y pifias, a partir de anécdotas y otros relatos que tengamos a la mano. Si usted quiere acompañarnos: ¡Adelante!
I. Todo comenzó con los encuentros de escritores
Especialmente aquellos organizados por José de Jesús Sampredro y la revista Dosfilos hacia los últimos años de la década de los ochenta, en Zacatecas. Tanto Sampedro como la revista eran por aquel entonces, digamos, dos entes independientes. Era el tiempo de las revistas literarias impresas en papel. Dosfilos, Vuelta, Siempre, Punto de partida (precedente de los encuentros con sus talleres), y un sinnúmero de suplementos culturales de los periódicos más o menos respetables y no tan respetables, circulaban por buena parte de la República y eran buscados por los jóvenes aspirantes a escribientes para leer el poema, cuento o comentario de los más activos y sobresalientes escritores nacionales y extranjeros.
Vuelta, como sabemos, desapareció en la segunda mitad de la década de los noventa del siglo pasado, después de poco más de veinte años en circulación; Tierra Adentro y el suplemento La Jornada Semanal coincidieron sus mejores épocas a finales del siglo pasado y principios de este. Samperio murió el mismo día que Ozzy Ozbourne, hace apenas unas cuantas semanas, sin que el Congreso de la Unión gastara una sola línea por la pérdida del poeta zacatecano. En fin, que sobre esa primera idea e intención de origen independiente, proliferaron los encuentros de escritores por todo México y muy pronto, cada capital de Estado —la gran mayoría—, tenía el suyo propio.
Estos encuentros tenían una característica muy especial: ni el público asistente, ni las estadísticas, ni las gráficas de pastel, eran más importantes que hacer confluir al espectro más amplio de escritores: poetas, narradores, ensayistas; viejos y jóvenes; nóveles, en ciernes, o con una obra más o menos consolidada. El resultado: experiencias y aprendizajes, charlas indecibles en los cafés o antros de las ciudades sedes; discusiones interminables sobre tal o cual problema literario en alguna cantina o bar de hotel: a veces el patio central de un casco de hacienda, otras, un pequeño huerto en la montaña del País de la Nubes, a veces una playa. Los encuentros eran un espacio en el que se podía exponer con toda libertad la teoría más tonta sobre la poesía de Machado o Gamoneda, o el resquicio encantado —y secreto— que habría en una estrofa de un cuento de Pessoa. La última vez, recuerdo, un grupo de siete u ocho plantamos unas sillas frente al mar, para discutir el problema del lugar común en la poesía de aquella masa blanda y azul, ahí presente.
Y como decía: aunque el público en general (el acarreo de estudiantes, la manipulación de las cifras), no fuera el objetivo principal, ahora que lo pienso, el lector, el verdadero lector, era el que más se beneficiaba de aquellas experiencias que el escritor, en algún momento, pudiera trasmitirle.
Luego de pronto, a la cultura le salieron institutos y secretarías por todos lados. Carlos Salinas, todavía en la presidencia, decretó la creación de institutos de cultura y separar a ésta del deporte. Zedillo sólo se encargó de formalizarlo y Fox de burocratizarlo. Las políticas culturales entraron en efervescencia y en el marasmo, a alguien se le ocurrió que el libro debería ser el gran objetivo para acercar a las masas a la lectura. Nacieron entonces las ferias del libro, y el escritor, con sus encuentros, quedaron de lado. Porque aquellas ferias no eran encuentros entre escritores, nacieron sin serlo, su fin era otro: vender, vender libros, muchos libros.


