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Resulta interesante la decisión de acompañar la proyección de un documental con una
muestra de trabajo de dos artistas visuales Miguel Cinta y Dell Alvarado, ya sea como
forma de contextualización, prolongación temática o resonancia conceptual frente a
Nuestra Tierra (Lucrecia Martel, 2025). Aunque ambas propuestas parten de lenguajes
distintos, parecen dirigirse hacia una misma inquietud: la dificultad de delimitar el territorio
desde una mirada oficial frente a la experiencia íntima de habitarlo.

Desde su secuencia inicial, el documental propone una reflexión visual sobre la escala y la
abstracción del territorio. La música sacra acompaña una imagen de la Tierra vista desde el
espacio; después, la cámara atraviesa nubes densas hasta descender sobre un bosque sin
caminos visibles ni fronteras reconocibles. La mirada aérea convierte el paisaje en una
superficie incierta, intangible, desproporcionada frente a la presencia humana.

Más adelante, la película se desplaza hacia la sala de juicio por el asesinato de Javier
Chocobar, defensor de la comunidad indígena Chuschagasta, en Argentina. La narración se
construye a partir de una fragmentación académica: introducción, desarrollo y desenlace
permanecen presentes, aunque reorganizados temporalmente.

La voz en off, el archivo fotográfico familiar, las entrevistas, las pruebas del asesinato, el juicio presente y las tomas aéreas del paisaje articulan un relato que culmina con el veredicto contra los responsables del crimen. La sentencia aparece antes de los créditos finales, recordando la distancia entre el asesinato ocurrido en 2008, el fallo emitido en 2018 y la conclusión en formato
documental en 2025, tras años de investigación y cercanía de Lucrecia Martel con la
comunidad.

La reacción del público dentro de la sala también deja ver ciertos gestos reveladores.
Algunas escenas provocaron risas involuntarias. En una de ellas, la cámara observa a uno
de los acusados reconstruir corporalmente un movimiento táctico durante su declaración; en
otra, se detiene en la persona que sirve café a los jueces, así como en la recreación del
crimen realizada por los asesinos y miembros de la comunidad. Por momentos, aquella
reconstrucción parece un performance; en otros, evidencia la imposibilidad de representar
plenamente las acciones pausadas, como si los cuerpos oscilaran entre su presencia y su
propio fantasma.

El zoom pausado y los cortes constantes interrumpen la solemnidad jurídica y la vuelven extraña. La película parece moverse continuamente entre el juicio, el espacio y la voz, sin decidir del todo cuál de esos elementos ocupa el centro de la mirada. En ciertos momentos, los acusados parecen exhibirse mediante una retórica defensiva cercana a la teatralidad televisiva. Incluso algunas personas dentro de la sala de cine aplaudieron al escuchar la sentencia. Sin embargo, Nuestra Tierra sugiere más de lo que muestra. Escuchar el fallo produce alivio, aunque el documental deja abiertas preguntas que desbordan el propio veredicto.

Más allá de preguntarse cómo se obtuvo el acceso para filmar dentro de la sala o de
imaginar los años de trabajo archivístico y acompañamiento con la comunidad, la
dimensión cinematográfica del territorio apenas logra consolidarse como un eje sensible. La
secuencia inicial parece anunciar esa búsqueda: las nubes, el recorrido sobre las copas de
los árboles y el desplazamiento del dron sugieren una exploración espacial que se
interrumpe abruptamente cuando un ave impacta contra el lente y precipita su caída.

La imagen funciona como una fractura simbólica. No solo señala un límite, sino también el
reconocimiento de que la historia de la comunidad Chuscha existe bajo su propia identidad
y no únicamente bajo el discurso oficial, que reduce la noción de población a una categoría
administrativa y convierte al territorio en objeto de disputa o incluso de burla, como ocurre
con la abogada que se queja de que permitir la filmación del juicio transforma el proceso en
espectáculo.

El momento más inquietante no se encuentra necesariamente en la sentencia judicial, sino
en el registro mismo del asesinato. La baja calidad digital del video, atravesada por el
sonido seco de la detonación, las palabras pronunciadas y los silencios que quedan
suspendidos, abre nuevas preguntas sobre el discurso de odio ejercido por el principal
acusado contra la comunidad. Ese video, apenas perceptible por su lentitud y borrosidad,
parece desplazarse entre dos preguntas: ¿la identidad Chuschagasta existe únicamente a
través del juicio por Javier Chocobar?, ¿o también permanece en la vida cotidiana de
quienes habitan ese territorio? La película parece inclinarse hacia la primera posibilidad,
privilegiando el conflicto jurídico y su representación audiovisual.


El territorio termina construyéndose principalmente desde el archivo familiar de Chocobar,
donde distintas generaciones transforman y habitan el espacio a través del trabajo cotidiano;
cada imagen modifica el paisaje y testimonia una permanencia que excede los relatos
oficiales. El documental nunca termina de decidir desde dónde observa. Avanza como si
caminara sobre las nubes de su secuencia inicial o sobre la neblina de la montaña: imágenes
sin un soporte completamente estable. El dron, que al principio promete una amplitud
visual del paisaje, termina enfrentándose a la dispersión de múltiples temas que
permanecen abiertos. La pregunta final, entonces, no consiste únicamente en qué se filma,
sino en aquello que el documental decide dejar fuera: el tiempo, el territorio o el propio
juicio.

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