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CUARTA Y ÚLTIMA PARTE

Desde las Colinas de Monte Albán en Oaxaca, Gisela Flores y su familia tenían una vista panorámica de varios puntos del valle y la ciudad, hacia el oriente podían ver claramente el trazo colonial en el que destacan las cúpulas del templo de Santo Domingo. Pero durante el año 2006, sólo veían muchos helicópteros sobrevolando el cielo y humo por todos lados.

En esa década, Gisela era muy joven, tenía unos 18 años, pero recuerda claramente que ese año en su familia de cuatro integrantes, hubo varios días que estuvieron sin salir de casa. 

—Nada más escuchábamos la radio una transmisión que hacían desde el Rosario. No me acuerdo bien ni qué decían, mencionaban que había movimientos organizados que necesitaban ayuda y que saliéramos a luchar y no sé qué tanto rollo. La verdad no ponía mucha atención, era algo como compañeros, combatientes…  como toda esta forma de organización. Y lo poquito que se llegaba a ver en la tele, porque antes, los celulares y las redes sociales no existían o todavía no llegaban a México

Aunque no recuerda las fechas con precisión, Gisela comparte algunos hechos que marcaron su mirada sobre aquella revuelta social de 2006 con  alcances internacionales, que con el tiempo se convirtió en uno de los movimientos sociales más destacados en medios de comunicación y artículos académicos a principios del siglo XXI en México.

La Marcha del EZLN por el Congreso (2001), la resistencia del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra en Atenco (2001-2006), junto con el levantamiento popular de la APPO en Oaxaca (2006), y el movimiento estudiantil #YoSoy132 fueron los movimientos sociales que dejaron huella en la historia contemporánea de México.

— Mi papá es músico, trabajaba en hoteles, tocaba en comidas, actividades de noche o fiestas particulares, le iba muy bien. Mi mamá trabajó en la Secretaría de Hacienda, que ahora es el SAT,  mi hermana estudiaba en el Instituto Tecnológico de Oaxaca y yo en una universidad ubicada por Avenida Juárez en el centro  de la ciudad. Yo  veía las movilizaciones casi como una tradición, así como el Día del Maestro, en la que se tiene que hablar sobre lo que necesitan, aunque al final terminan en un plantón. Pero ese año entró la Policía y se hizo el desalojo, se aliaron otras organizaciones con ellos para combatir al gobierno; ahí surgió  la APPO con sus barricadas y bloqueos por casi todo el centro histórico— recuerda Gisela ahora a 20 años de aquellos hechos.

Costales, barricadas y ¿un decapitado?

La ciudad estaba bloqueada. El paso para transeúntes en general se empezaba a complicar, trabajadores de algunas instituciones o empresas tenían como obligación presentar sus gafetes por temas de seguridad.

— Aunque el poli ya la conocía, me acuerdo que mi mamá siempre mostraba su gafete; su horario de salida era a las seis, pero por todo lo que pasaba la dejaban salir a las tres, de pronto dejó de ir. Había molestia entre la gente porque no habían accesos. Me acuerdo también que en ese tiempo se habló de un motociclista que iba súper rápido y se decapitó.  En una ocasión me habló mi papá y me dijo oye, dicen que van a haber bloqueos, que va a estar muy feo, como puedas vente y cualquier cosa nos hablas. Sentí miedo. Le pedí a un amigo que me llevara en su coche. Fue lo peor, dimos miles de vueltas, no podíamos pasar, la ciudad estaba llena de costales y barricadas. Llegué tardísimo a mi casa, mi papá ya estaba enojado. Obviamente, después no nos dejaron salir, estuvimos encerraditos en la casa.  Desde ahí veíamos los helicópteros, muchísimo humo, y nos preguntabamos qué estaba pasando. Yo estaba estudiando Diseño Gráfico y mis papás me regalaron una cámara digital Sony chiquita con la que me puse a tomar fotos— abunda Gisela, ahora en medio de un nuevo paro magisterial de la CNTE.

Durante cuatro meses se vivió con tensión, entre movilizaciones y mucha violencia armada. El 27 de octubre policías ministeriales y grupos de civiles armados atacaron de forma simultánea al menos 15 barricadas de la APPO en Santa Lucía del Camino y fueron asesinados tres hombres, entre ellos, el periodista estadounidense Brad Will. Su muerte derivó en una orden de intervención armada de la Federación, la Policía federal ingresó a la ciudad de Oaxaca con tanquetas y vehículos antimotines el 29 de octubre de 2006, con las que replegó a los manifestantes logrando ocupar el zócalo capitalino. La APPO convocó a una megamarcha para el 30 de octubre.

— Ese día estábamos encerrados, yo estaba tomando fotos con la camarita que me habían regalado, le daba zoom y le tomaba al helicóptero, al humo, todo desde el balcón de la casa. Entonces, mi papá nos dijo, » ¿Quieren ir a ver cómo está la ciudad?» Dijimos que sí. Salimos los cuatro en el coche y lo dejamos estacionado por el puente Valerio Trujano, desde ahí nos topamos con camiones quemados, algunos aún desprendían humo, cruzamos varias calles y llegamos al Zócalo, anduvimos por 5 de Mayo y García Vigil, todas las calles estaban llenas de soldados que no dejaban pasar, los semáforos estaban rotos, todo estaba pintarrajeado, muchísimos autobuses quemados…de todo eso tomé fotos. Y como estábamos dando vueltas en el zócalo, llegamos al edificio de Parisina, había muchísima gente como de espectadores, de pronto una señora gritó «¡hay francotiradores!» y todos volteamos hacia arriba y justo en ese momento se iban parando estos militares con su metralleta y todos empezamos a gritar y a correr y a correr. 

¿Dispararon?

— No. Creo que lo hicieron como para amedrentar, pero sí nos apuntaron. Nos dio miedo y mi mamá dijo: ya vámonos. Habíamos salido muy temprano de casa y regresamos después del mediodía. Las fotos son como “muy familiares”, la verdad es que esto era nuevo, nunca habíamos visto camiones quemados, a lo mejor el morbo de nunca más voy a volver a ver esto me orilló a tomarlas así, para el recuerdo. Yo les tomaba fotos a ellos y les pedía la mía; mi mente no daba crédito, yo seguía como en la fantasía de mis fotos, de mi ciudad está pasando esto, qué mala onda, pero no dimensionaba lo grave que era. Ese mismo año mi papá se quedó sin trabajo, justo cuando estaba estudiando en una universidad privada. La que se chutó todo fue mi mamá. Y de ahí costó mucho trabajo que él volviera a encontrar trabajo, hasta ahora no se ha vuelto a recuperar, es difícil que tenga una chamba fija.

 A 20 años de distancia, de aquella salida en familia que terminó cuando vieron a los francotiradores y toda la gente corrió, Gisela recuerda las enormes tanquetas que utilizaban para replegar a los manifestantes, también confiesa que las fotos de esa ocasión las agrupó en un álbum que tituló Desastres en mi ciudad.

— Me sorprendo de ver los lugares, de ver cómo me veía y cómo se veía mi familia. Creo que nunca se me va a olvidar cuando vi a los militares con el arma; no sé si algún día voy a volver a mostrar las fotos a mi hijo o si se van a quedar ahí grabadas en el disco duro. Por eso te las comparto.

¿Valió la pena esa lucha, vale la pena? 

— Yo creo que sí vale la pena para ellos, por algo siguen ¿no? pero quizás los líderes se siguen enriqueciendo y los más desafortunados son los maestros o quienes están en la lucha. Además, creo que realmente desde ese año Oaxaca no se restableció en ninguno de los sentidos, tardó mucho en que el turismo volviera y luego cayó la pandemia y todo ese rollo, siento que Oaxaca está en decadencia total aunque lo pinten muy bonito.

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