Parece que la imagen que mejor representa la más reciente película de Pedro Almodóvar, Amarga Navidad (2026), no es una escena melodramática ni uno de sus característicos estallidos cromáticos, sino un signo digital: la barra vertical que parpadea sobre el cursor de texto. Ese pequeño destello azul, suspendido sobre la pantalla de una laptop, pertenece al guionista Raúl (Leonardo Sbaraglia), un director que, después de años de ausencia intenta escribir una nueva película. El vacío que rodea a Raúl es también el de Mónica (Aitana Sánchez Gijón), su asistente y lectora.
El cursor espera, titubea y finalmente Raúl comienza a escribir. Así aparece Elsa (Bárbara Lennie), directora de publicidad, escritora y cineasta de culto. Vive junto a su pareja, Bonifacio (Patrick Criado), hasta que la muerte de su madre la obliga a trasladarse temporalmente a una casa en la isla de Lanzarote junto a su amiga Patricia (Victoria Luengo). Patricia se refugia allí después de sospechar la infidelidad de su esposo; sin embargo, tras una discusión con Elsa, abandona la casa. Entonces Elsa recurre a Natalia (Milena Smit), otra amiga atravesada por el duelo tras la muerte de su hijo.
En algún momento, Elsa le pregunta a Natalia si necesita hablar o si prefiere que ella escriba. Natalia le responde que no. Elsa se levanta de un pequeño sofá y se dirige hacia su escritorio; solo entonces Natalia comienza a formular aquellas preguntas que había sido incapaz teniéndola a su lado. La cámara no busca seguir su conversación. Por el contrario, el encuadre se expande hasta volverlas lejanas, casi indiferenciadas dentro del espacio. Lo interesante es que Almodóvar no organiza estas historias hacia una narrativa clara.
Algunas voces acusan a la película de ser confusa o frustrante ante la dificultad de identificarse con los personajes, sus formas con sus espacios lujosos o con sus sofisticadas maneras de habitar el dolor. Lo verdaderamente importante es reconocer las emociones que atraviesan la película. Almodóvar continúa siendo un director de la pasión, del duelo y de las lágrimas; alguien capaz de escuchar a una amiga y llorar junto a ella. Alguien que no tiene urgencia en irse en una conversación. Alguien que sabe exactamente de qué lado del ojo se derrama la primera lágrima y alguien que conoce su verdadero sabor.
Sus personajes sonríen, hablan o respiran con paciencia. Así ocurre en la escena donde el insomnio de Elsa le permite descubrir una imagen distinta de Bonifacio: mientras él duerme plácidamente, ella recorre con la mirada la superficie de su piel, observando la vulnerabilidad de alguien que, aun estando a su lado, permanece completamente entregado a sus sueños. Hay algo irrepetible en esa contemplación; una forma de intimidad que solo aparece cuando la persona amada se encuentra indefensa, ajena al despertar, a la convivencia del ser humano con su energía.
Algo similar sucede más adelante cuando, a causa de una fuerte migraña, Bonifacio acompaña a Elsa a casa de una amiga en busca de un ansiolítico. Ambos se recuestan en una habitación apartada hasta que aparece la cantante Amaia Romero. Con toda alegría los saluda y decide interpretar «Las simples cosas», canción popularizada por Chavela Vargas. La interpretación comienza con una voz suave y tersa, casi íntima, pero hacia el final adquiere una intensidad que transforma por completo la atmósfera de la escena. Cuando Amaia termina de cantar, Elsa y Bonifacio lloran. Yo también terminé llorando en la sala de cine.
En Amarga Navidad el color —especialmente el rojo— deja de funcionar como signo emocional para convertirse en un elemento ambiguo, incluso contradictorio. Desde Dolor y gloria (2019), Almodóvar parece haber complejizado su relación con el diseño de producción: los espacios meticulosamente ordenados, las gafas obscuras de Elsa junto con el vestuario extravagante de Prada o la pulcritud casi irreal de los interiores ya no buscan simplemente acompañar el drama. Ahora el dolor también camina elegante, limpio y sofisticado; se oculta entre superficies impecables mientras tensiona constantemente el límite entre la ficción y la realidad.
Dicha cualidad se encuentra a través del encuadre. Aquello que decide desplazar o contener. Hay una escena particularmente reveladora: en una habitación del hospital, la cámara muestra en plano detalle la ventana desde donde se observa las ramas y hojas de un árbol; inmediatamente después, desciende lentamente hasta llegar con la madre de Elsa acostada en una cama. Cuando Elsa se despide de ella, su madre le sonríe tan detenidamente que la luz parece regresar a su piel. Donde su edad desaparece en el movimiento de la mirada, y su enfermedad es ahora un gesto blanco y despreocupado.
Quizá por ello la pregunta que Patricia le cuestiona a Elsa «¿cuánto dura el duelo?» termina resonando más allá de la película. Porque Almodóvar parece responder desde otra inquietud: ¿por qué limitar las emociones a una representación convencional del sufrimiento? ¿Por qué exigirle al dolor una estética específica?
En el fondo, Amarga Navidad no habla únicamente de personajes tristes ni de historias atravesadas por la pérdida. La película parece interesarse, sobre todo, por los límites mismos del relato cinematográfico. No resulta del todo inocente que inicie con el tecleo apresurado sobre una laptop y concluya exactamente del mismo modo: con Raúl escribiendo frente a la pantalla los créditos finales, como si incluso estos formaran parte de la ficción que continúa redactando. La película deja entonces una pregunta suspendida: ¿en qué momento comienza y termina realmente una película?

