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Por Oscar Escoffié Padilla*
Cuando la mañana del jueves 9 de agosto de 1945 se vio sobre Japón un avión adversario B-29, parecía que hacía un vuelo de reconocimiento; pocos imaginaron que del vientre del artefacto volador descenderían cuatro toneladas de peso mortal: la bomba Fat Man de plutonio en Nagasaki.
La limitada desconfianza tenía justificación pese a los antecedentes de la guerra, pues aunque se sabía que los americanos tenían “un nuevo tipo de bomba” (como la Little Boy explotada tres días antes), la altura del avión Bock’s Car calculada en 10 mil metros era poco usual; nunca bombardeaban de una elevación así.
Entonces el imperio nipón, que por tanto tiempo había desconocido el sabor de la derrota, experimentaría un tercer golpe mortal luego de Hiroshima y luego de la participación antijaponesa de Rusia en aquella Segunda Guerra Mundial: A las 11:02 de la mañana, en medio de lo cotidiano la gente buscaba combatir la merma bélica para sobrevivir: los niños estudiaban en los colegios, los mayores trabajaban en las fábricas, los viejos tomaban té, las mujeres atendían su hogar… Era el umbral de lo infausto: La extrañeza de un objeto cayendo en paracaídas y apenas meciéndose al viento llamó la atención. El Bock’s Car por las nubes se alejaba.
Primero fue la luz. Luz que venció incluso a la de la radiante mañana; un increíble flash cegó a todo el que Fat Man halló en expectación. Más aún: fue tal el destello que las sombras de la gente quedaron tatuadas sobre las superficies sólidas que lograron perdurar.
Inmediatamente después aquel dicho japonés de “un tremendo rugido como cien truenos sonando en los oídos de uno”, tuvo exacta significación ahí. Segundos, y prácticamente desapareció toda forma de vida en kilómetros a la redonda, sin contar con lo que a la postre causaría el asesino lento de la radiación. Nagasaki significa “Valle Largo”, pero en aquel momento denotó más bien un valle de destrucción formando lo que a la distancia figuraba un hongo gigante: una de las imágenes más sobrecogedoras en la historia de la Humanidad.
En torno al foco del lugar de la explosión la densidad del humo podía morderse y tuvieron que pasar horas para distinguir rieles retorcidos y la desaparición de las construcciones. Por encima de los hedores de madera, tela y hierba quemada el de la carne asfixiaba y presagiaba lo que en cifras de víctimas el mundo perturbado escuchó: los orientales afirman que 80 mil; los norteamericanos aseveran que la mitad.
Después, justamente donde el epicentro de la abominación nuclear, en 1955 se construyó con grises paredes el Centro Cultural de Nagasaki en recuerdo del desastre sucedido hace 80 años, y que más nos vale no olvidar.
*Escritor

