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Foto: Cortesía
El acto de mirar constantemente desafía lo que se entiende por fotografía. Mirar implica perspectiva, y prospectiva, la construcción de una experiencia estética a partir de un proceso humano, siempre personal, algunas veces íntimo. La persistencia de la mirada como fenómeno biológico es un referente, la necesidad de ver lo que no podemos ver motiva y cuestiona nuestro régimen visual y sus tecnologías. Pero la persistencia de la mirada va más allá de lo biológico, trastoca las fibras más sensibles de nuestro ser, y se convierte en un arte.
Mirar para expresar, para comprender, para cuestionar, para proponer; el acto de mirar es un camino por el que transitan todas las emociones posibles. Curiosamente, el camino de la mirada comienza con la consciencia de que lo que vemos es insuficiente, presentimos que hay algo más que no estamos viendo, y seguir esa intuición implica un camino sin retorno a la búsqueda constante de la comprensión de sí mismos y del entorno.
En la primera exposición del ciclo anual de “Sala 7” en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo se presenta la muestra Antes que se pierdan las palabras: en el acto de mirar puedo encontrarla de Diana Salinas, curada por Javier León Cuevas. Diana es recién egresada de Artes Plásticas y Visuales de la UABJO. Su trabajo representa una exploración profunda al duelo a través de la fotografía, donde resalta el papel activo de la artista en el proceso. A través de su mirada, Diana expande los límites de la fotografía tradicional para buscar respuestas.
¿Cómo inició el proyecto?
El proyecto comenzó hace dos años. Primero haciendo pequeñas exploraciones del tema: la enfermedad de mi madre y fallecimiento. Fue diagnosticada con demencia vascular temprana. La incertidumbre sobre entender qué sucedió, si podía heredarse a mi hermano, a mí misma, o a algún miembro de mi familia.
Al principio inició como escritura, poner sobre papel cuándo había iniciado la enfermedad. Lo primero que hice fue escribir a qué edad murió y cuántos años tenía yo, es decir, cuánto tiempo fui consciente de la vida de Mamá y cuánto tiempo de vida me queda si me pasara lo mismo. De ahí siguió una etapa de investigación, de documentación sobre la enfermedad, sus causas y qué era, pero eso habría muchas dudas porque los síntomas de la enfermedad están relacionados con la presión alta, diabetes, y mi Mamá tenía un estilo de vida sana, hacía ejercicio. La otra posible causa son lesiones vasculares, golpes que ella hubiera tenido a lo largo de su vida. Comencé a explorar, como tercera etapa, el expediente médico, y después el archivo familiar, desde la perspectiva del olvido. ¿Cuándo fue el olvido importante?, por ejemplo, ¿cuál fue el primer síntoma de esa enfermedad, cuándo apareció?
¿En qué momento el proyecto se volvió visual?
Con el álbum familiar. Al principio del proyecto era más documental, más expedientes médicos, exámenes médicos, después con el álbum ya eran fotos de ella, fotos con la familia. Luego, al entrar al laboratorio había una radiografía. Ahí comenzó otra exploración al imprimirlas por contacto.
Otra imagen importante es una estenopeica de un árbol. Mi madre tenía una quemadura en su pecho y parte de su brazo/pecho, y esa cicatriz me recordaba a un árbol, de hecho, es un tema recurrente en mi fotografía, los árboles. Surgió cuando me cuestionaba el cómo hacer un retrato de ella, si ella ya falleció. Entonces los árboles cobraron sentido, porque la representaban.
¿Cómo fue tu experiencia con el acompañamiento curatorial?
Muchas de las piezas salieron con el curador en las últimas semanas, que eran exploraciones que no me animaba a realizar, porque no sabía si hacer algo más fotográfico era una falta de respeto a mi madre, a mi familia, pero Javier me animó. Me hizo entender que es mi experiencia, es mi duelo, y si quiero explorar de esa manera es válido. Era lo que yo buscaba respecto a la curaduría, alguien empático con los procesos, y con el artista, en este caso conmigo, sobre las vivencias que tuve.
Cuando un profesor me recomendó hacer un retrato de mi madre a través de otras cosas, personas, incluso mi cuerpo, sentía que era una falta de respeto, Javier me ayudó mucho en ese proceso, me ayudó a entender que no había problema si yo quería mostrar esa cicatriz de mi mamá, como un símbolo de su resiliencia, insertarme ahí como una referencia, como un modelo para transmitir esa visión que yo tenía de ella. Así surgió una cianotipia que es un autorretrato con flores, porque así me imaginaba a mi madre, y también algunas intervenciones de las fotos a partir de un electroencefalograma, algo que va midiendo la actividad cerebral. Fui quitando pedacitos de imágenes como la actividad cerebral de mi madre. Al final la imagen no se borra, queda algo.
¿Ya conocías a Javier, su trabajo?
Conocí el trabajo de Javier el año pasado en la expo que tuvo en el Álvarez con Erika. La sugerencia fue de una amiga, buscaba una persona que fuera empática con el tema. El acompañamiento fue a distancia, porque él trabaja en CDMX, pero fue un gran acompañamiento, es una persona muy amable, muy empático, me ayudó muchísimo a entender qué tanto podía yo meterme en el proyecto. En una ocasión me dijo: “puedo ver el proyecto y lo que quieres dar a entender, pero no te veo a ti como artista, como fotógrafa”, entonces me animó a meterme más en ese proceso. De hecho, eran cosas, ideas que ya quería hacer desde antes, pero me daba miedo lo que sintiera mi familia al ver el proyecto.
¿Cuál es la imagen angular del proyecto?
La imagen principal es una fotografía infantil que fue ampliada. Para mí tanto como para mi familia fue un augurio de lo que pasó, porque la foto está afectada por la humedad, solo se ven partecitas. Sentía que sí o sí tenía que estar, porque de alguna manera fue un paralelismo de lo que le pasó a ella.
¿Cómo sientes la experiencia de exponer de manera individual por primera vez?
La experiencia de exponer me ponía muy nerviosa porque no sabía cómo lo iban a tomar y porque en general el sentimiento de exponerse en público es difícil, pero sentía que es algo necesario, algo que necesitaba hablar, por eso me arriesgué a participar en la convocatoria. Fue un proceso un poco complicado, emocionalmente, especialmente al principio porque era reciente, aunque el duelo nunca es fácil, mi madre falleció hace 4 años. Me preocupaba si podría hablar en público o iba a terminar llorando, pero el acompañamiento de Javier me ayudó mucho con este proceso, con ese sentir, para trabajarlo no solo técnica o fotográficamente si no emocionalmente, para darle un cierre.
Tenía mucho miedo por lo complicado que es para mí abrir este tema al público. Y no solo por mí, también por mi familia como papel de cuidadores. Creo que mi trabajo ya está hecho, y ahora toca al público ver si se agrada si se lleva algo de la muestra.
¿Qué sigue para el proyecto?
Siento que el proyecto tiene otras etapas, probablemente en la parte emocional ya hay un cierre, pero me gustaría seguir haciendo más exploraciones en cuanto a lo fotográfico. También a centrarme más en cosas de la enfermedad que no se tocan, más que nada por el tiempo, para realizar exploraciones e ideas, porque hay materiales que quedaron afuera. He pensado en ampliar la producción y buscar más espacios para poder mover la exposición a otros espacios en Oaxaca o fuera del país.
¿Cómo fue tu acercamiento a la fotografía?
Me acerqué a la fotografía, a la técnica, hace 4 años cuando inicié mi carrera, en la licenciatura en artes plásticas y visuales, con mis maestras Claudia López Terroso e Ivonne Torres, pero la foto siempre ha sido parte de mi vida. Recuerdo que mi padre y mi abuelo siempre tenían cámaras y me las prestaban, incluso los acompañaba a revelar. También tuve mis cámaras de juguete, siempre tuve ese gusto. Hace 4 años me compré mi cámara y me obsesioné con ella y me adentré en la foto ya como algo más profesional.
Creo que la fotografía es una herramienta que nos permite mostrar nuestros pensamientos, inquietudes, nuestra forma de ver el mundo y al otro, incluso a nosotros mismos.
¿Qué me puedes contar sobre la convocatoria “Sala 7”, cómo fue aplicar y qué opinas sobre la iniciativa?
Había aplicado el año pasado, pero las imágenes y parte del texto eran diferentes. No quedé, pero yo sabía que mi meta era que ese proyecto se visibilizara. Lo reescribí, me volví a plantear qué podía corregir, qué imágenes iban, qué imágenes no, porque el año pasado eran más de registro. Sentía que no funcionaban solo como registro, sino que debía plantearme qué funcionaba sobre lo que yo quería exponer, el proceso. De hecho, pensaba en la forma de autogestión para exhibirlo si no quedaba este año, pero, quedé.
Creo que es una muy buena idea para mostrar el trabajo de artistas que van iniciando o formándose una trayectoria. Nunca viene mal que un espacio te abra las puertas y te apoye con parte de los gastos de impresión, de montaje, porque estar en el mundo del arte y tratar de forjarse un camino cuando no tienes los privilegios implica mucho más, mucho trabajo, en ese caso la única forma de mostrar tu arte es tocar puertas. Entonces es algo que yo agradezco, el CFMAB me apoyó con impresiones, con químicos, papel, con el montaje, con marcos prestados, exponer en Sala 7 es participar de todo el proceso de montaje de una exposición. Fue una experiencia muy buena en general.

