Por Juan Mayorga
Las calles de la ciudad más grande y capital del estado de Oaxaca se han convertido en una jungla de asfalto y metal donde prima la ley del más fuerte y demás son letra muerta. Dime qué carro traes y te diré qué tipo de ciudadano eres. Y si no traes, lo más probable es que seas un oaxaqueño de cuarta sin acceso a los derechos básicos de movilidad y seguridad.
Escribo estas líneas bajo la indignación causada por un incidente de violencia vial contra mi compañero periodista Vidal Pineda, cuando circulaba en su bicicleta por una calle de la ciudad en compañía de su pareja, también ciclista.
No muchos detalles se pueden apreciar en el video difundido en Facebook por la periodista Rocío Flores el pasado 04 de junio, pero sí los suficientes como para confirmar la agresión: el conductor de un automóvil tipo sedán, blanco, maneja errático y golpea a Vidal Pineda mientras irresponsablemente intenta rebasarlo sin dejar la distancia de seguridad que la ley contempla para estos casos (1.5 metros). En el video, grabado por el copiloto de un auto que circulaba detrás del sedan blanco, se comenta que, previo al siniestro con los ciclistas, el automovilista conducía de forma extraña, tal vez tomado, y ya se había subido a una banqueta.
Después del percance, según reportó Rocío Flores, el compañero Vidal pidió apoyo llamando al 911, pero dicho apoyo consistió en invitarlo a levantar la denuncia, cosa que el periodista agredido finalmente realizó a costa de su propio tiempo y recursos en esta cultura de revictimización que implica la procuración de justicia en el estado.
Podemos ver este percance con la resignación normalizante con que aceptamos todo tipo de atropellos en nuestra bella Oaxaca. Pensar que no tiene caso preocuparse por algo así mientras hay asesinatos, violaciones, desapariciones y demás crímenes atroces aún sin resolver. Pero estas líneas son una invitación a no ser miopes: todos somos usuarios no motorizados del espacio público en algún momento, sea que simplemente caminemos, andemos en bicicleta, manejemos un carrito de elotes, paseemos a nuestros bebés en una carriola o necesitemos silla de ruedas. Al final de cuentas: todos somos peatones.
La violencia con que se conducen los automovilistas en nuestra ciudad cruza cada día límites inaceptables que tienen impactos en nuestra calidad de vida. Y lo peor es creer que esto se limita a incidentes personales (por la torpeza o la ignorancia de este o aquel, o por la falta de educación en general), cuando en realidad es el resultado de una serie de omisiones de los gobiernos estatal y municipal, que prefieren despilfarrar los contados recursos públicos en faramalla proturística y obras electoreras en lugar de atender las necesidades reales y los servicios básicos (transporte, agua, basura) de la ciudad que se caen a pedazos. O, como en el caso del estado de Oaxaca, aletargar la armonización de la Ley General de Movilidad y Seguridad vial que busca reducir la mortalidad de los siniestros en la vía pública.
De nada sirve que el reglamento de tránsito y la Ley General pongan a los peatones y ciclistas en la cima de la pirámide de movilidad, si no tenemos una fuerza pública ni una infraestructura urbana capaz de hacer realidad esta aspiración legal. Nuestros policías viales son tan pocos, mal preparados y poco empoderados que a penas toman notas y dan recomendaciones a los infractores de la ley, pues hasta ellos mismos son víctimas de agresiones cuando tienen que aplicar multas a los cochistas empoderados.
Las banquetas son un tratado urbano antipeatonal, pues incluso en calles prioritarias del centro se reducen hasta desaparecer o están tapadas por postes y cables que hacen imposible caminar en ellas o invadidas por el comercio ambulante. Las pocas ciclovías que hay se erosionan sin mantenimiento y los letreros de prohibido estacionarse quedan en meras recomendaciones de cumplimiento opcional. Por el contrario, abundan camionetas pick up en versiones monstruosas, autos de tipo americano sin ninguna utilidad práctica más allá de la ostentación de sus propietarios, máquinas que en cualquier ciudad medianamente sensata tendrían prohibido el acceso a las calles estrechas de un centro histórico colonial.
Las pruebas del carrocentrismo oaxaqueño las vivimos día a día quienes nos atrevemos a caminar o a andar en bicicleta para llegar a nuestros destinos. En un rato tienes que bajarte al arrollo vehicular para librar el estacionamiento en que han convertido la banqueta un puñado de egoístas privados, y en otro rato tienes que adivinar el sentido de los semáforos porque han sido desmantelados sin mayor interés de las autoridades.
Hace casi un mes, un hombre en bicicleta murió cuando fue atropellado en Jalatlaco, en una parte de la calle donde no existe ciclovía porque los vecinos se opusieron a su construcción, argumentando que ellos estacionaban sus autos ahí desde hace años. Nadie cuestionó la posibilidad de que el hombre atropellado hubiera podido vivir si hubiese habido infraestructura digna.
Los momentos de mayor tensión se viven en los roces entre usuarios. Una señora desesperada avienta el carro a otra mujer con niño en brazos porque su prisa y frustración le hacen olvidar cualquier noción de humanidad o respeto. O un camión de transporte público acelera mientras los peatones no terminan de cruzar porque va perdido en su carrera por ganar pasaje. El más afectado siempre es el que tiene menos carrocería. El que ocupa menos espacio público y resulta menos invasivo con su ruido y sus emisiones. Justamente esa persona que en teoría las leyes tutelan más.
Recordemos que la movilidad no es un capricho de organizaciones o activistas. Después de décadas de exigirla en distintas ciudades de México, hoy se trata de un derecho, consagrado desde la constitución mexicana hasta el reglamento de tránsito de Oaxaca de Juárez. Este último, aprobado en 2024 por la administración de Francisco Martínez Neri, es abundante en las previsiones que las autoridades deben de tomar para salvaguardar a peatones y ciclistas, y mantener a raya a los automovilistas.
Los gobiernos estatal y municipal tienen la obligación de atender este asunto antes de que siga cobrando vidas. Recordemos que el alcoholímetro solo se implementó después de varios incidentes de alto perfil en que automovilistas ebrios mataron a ciclistas o peatones en distintos puntos de la ciudad. ¿Cuántas muertes tienen que ocurrir para que la policía vial haga cumplir la ley o que nuestros políticos empiecen a invertir en verdadera seguridad vial?
Oaxaca es ya una de las ciudades con mayor proporción de automóviles por habitante en México. Y esa no es una buena noticia, porque estas máquinas nos están ahogando y echando a pelear entre nosotros. Ante la falta de transporte público de calidad, la gente que puede opta por empeñar su patrimonio en un auto propio, aunque eso se traduzca en costos exorbitantes por tenencia, seguros, refrendos de placa, gasolina, estacionamientos o mantenimientos.
Aquí cabe recordar las célebres palabras del exalcalde de Bogotá y héroe de la movilidad urbana, Enrique Peñalosa: Un país desarrollado no es aquel donde el pobre tiene auto, sino donde el rico usa el transporte público. Ojalá que la apuesta por el Binnibús se consolide y obligue al transporte concesionado a mejorar su servicio. Ojalá sigamos la ruta ya marcada por la Ciudad de México, Puebla, Guadalajara y tantas otras en el país, que lograron ofrecer sistemas de movilidad dignos a sus habitantes.
Ojalá los oaxaqueños logremos entender que nos conviene podernos mover a pie o en bicicleta. No solo porque es más barato, eficiente, sano y sustentable, sino también porque nos fortalecerá como comunidad y alejará de nuestro egoísmo, al bajarnos de nuestras burbujas de metal y hacernos convivir con los demás hasta podernos entender en las necesidades del otro.
Finalmente los oaxaqueños tenemos que sacudirnos esa cultura mezquina y egoísta que está pulverizando a nuestros barrios: creer que el derecho a la propiedad de un carro vale más que el derecho a la vida o a la movilidad del prójimo. Pensar que la calle está hecha para circular o se estacionar tu carro. Olvidar que un automóvil es en resumen una masa de casi una tonelada de metal que a cierta velocidad resulta un arma mortal para el conductor, su tripulación y quienes tenga enfrente. Olvidar que todos somos peatones en algún momento de nuestra vida, y que si nos metemos en una carrera por ver quién tiene el motor más potente o el carro más grande no habrá ninguna ciudad que nos alcance.

